Reflexiones de los miembros de Institutos de Vida Consagrada, que nos convienen también a los esposos laicos...
LA CASTIDAD EN TIEMPOS
DE ABUSOS.
Francisco Magaña Aviña, S. J.
Los abusos sexuales de menores cometidos
por algunos sacerdotes, mueven muchas fibras a cualquier persona pero, sobre
todo a los sacerdotes y religiosos y, consecuentemente, también a nosotros los
jesuitas.
Mueven a cualquier ser humano, por la
indignación ante ese abuso de personas indefensas. También porque la pedofilia
y la efebofilia, no son un problema exclusivo del clero, sino de la humanidad.
Desgraciadamente los abusos son más comunes de lo que pensábamos. Gracias a
Dios –y “desgraciadamente” también gracias a estos abusos perpetrados por
quienes se han comprometido a vivir el celibato– tenemos cada vez más
conciencia de ello. Pero los abusos suceden en todos los ámbitos: iglesias, escuelas,
clubes, y, peor aún, más frecuentemente en el seno de la propia familia.
Cuando se abusa de un ser humano y abrimos
el corazón, sentimos que nos lo hacen a nosotros mismos. Si quien abusó es un
clérigo o religioso, entonces, la indignación es mayor. Esto es obvio, por la
moral sexual católica (y la doblez que viene implicada con el solapamiento o permisividad)
y porque es de esperar que la Iglesia y los ministros brinden seguridad a la comunidad
–y especialmente a sus miembros con más fragilidad o pequeñez–, y nunca abusos.
También el escándalo es mayor porque no
falta quien aproveche estos casos para sacar otras agendas o resentimientos
hacia la Iglesia o sus ministros. Algunos medios parece que se alegran cuando
hablan de estos casos. Los medios no tienen conciencia de su propia doble
moral: venden sexo y luego se asustan de que también en la Iglesia avance la permisividad
sexual que, sin ser la causa directa de los abusos, sí los facilita.
A nosotros, y a los que quieren unirse a
nosotros, esta realidad nos mueve aún más. Nos lleva a hacernos preguntas sobre
nosotros mismos, sobre nuestro voto de castidad y sobre la Iglesia. Algunas
preguntas nos vienen de fuera y otras de nosotros mismos: ¿Qué relación hay
entre abuso y voto de castidad? ¿Qué valor tiene hacer voto de castidad en la actual
situación de la Iglesia? ¿Qué nos dice ese voto a nosotros, a la Iglesia en su
conjunto y al mundo de hoy? ¿Cómo vivir hoy este voto? ¿Cómo es que pertenezco
a una Iglesia en la que sucede esto y que, a veces, ha sido permisiva respecto
a esos abusos? ¿Cómo queda manchada mi o nuestra imagen, por pertenecerle a esa
Iglesia? ¿Qué tiene que ver con el clericalismo? ¿También entre nosotros los
jesuitas mexicanos sucede o puede suceder esto?
Como jesuita, en este trabajo pretendo dar
mi respuesta a estas preguntas. Para eso primero abordaré el tema de la imagen
y la necesidad de penitencia a la que nos invita el Papa Benedicto XVI, dado
que los escándalos han tocado en un punto muy importante de la imagen de la
Iglesia y de nosotros mismos. En segundo lugar trataré, muy apretadamente de la
castidad en general; me parece necesario hacerlo pues si sólo nos quedamos con
una vivencia funcional del voto y no lo vivimos como nuestra manera de amar,
más fácilmente podemos ir caminando hacia algún tipo de abuso. En el tercer
apartado trataré sobre la necesidad de poner límites. En la cuarta sección
sobre nuestro manejo del poder, y en la quinta sobre la humildad necesaria para
pertenecer a cualquier grupo humano y en particular a esta Iglesia. Terminaré
con las conclusiones.
1. IMAGEN Y PENITENCIA.
Mediante su acompañamiento e investigación
con moribundos, Elizabeth Kübler Ross, descubrió las ahora muy conocidas etapas
del duelo: primera, la negación y el aislamiento que nos permite amortiguar el
dolor; segunda, la ira, la envidia y el resentimiento, ante lo que no puedo
dejar de ver que está pasando; tercera, el pacto o la negociación con la gente
y con Dios; cuarta, la depresión y en el encerramiento ante lo que ya no se puede
seguir negando; y por último, la quinta, que es la aceptación de la pérdida, en
la que hay más paz y esperanza, y se empieza a ver lo positivo que puede salir
del hecho.
Traigo a colación estas etapas, porque me
parece que la Iglesia está pasando por este duelo saludable respecto a su
propia realidad e imagen. Es cierto que hay negación, ira, negociación (los
culpables son los medios, los pederastas son muy pocos…), depresión (vergüenza
pública, aislamiento) y también aceptación.
Siendo la Iglesia tan diversa, hay
sectores estancados en una u otra etapa y otros que van avanzando. Lo bueno es
que el Papa ha dado señales de estar en la etapa de la aceptación y asunción de
lo que está sucediendo dentro de la Iglesia y que con su postura nos va jalando
a todos (por ejemplo, después de la carta a la Iglesia de Irlanda, varios obispos
empezaron a hablar abiertamente del tema).
En varias ocasiones el Papa Benedicto XVI
ha dejado ver su proceso de asunción de esta grave problemática dentro de la
Iglesia. En su visita a Portugal, decía: "No sólo de fuera vienen los
ataques al Papa y a la Iglesia, sino que los sufrimientos de la Iglesia vienen justo
del interior de la Iglesia, del pecado que existe en la Iglesia".
En sus conversaciones con Peter Seewald el
Papa da cuenta de su proceso de “duelo”, en donde va del shock, a la aceptación
y al aprendizaje, para que esto no vuelva a pasar. “Todo esto ha sido para
nosotros un shock y a mí sigue conmoviéndome…
Sí, hay que decir que es una gran crisis. Ha sido estremecedor para todos
nosotros. De pronto, tanta suciedad. Realmente ha sido casi como el cráter de
un volcán, del que de pronto salió unanube de inmundicia que todo lo oscureció y
ensució, de modo que el sacerdocio, sobre todo, apareció de pronto como un
lugar de vergüenza, y cada sacerdote se vio bajo la sospecha de ser también
así. Algunos sacerdotes han manifestado que ya no se atrevían a dar la mano a
un niño, y ni hablar de hacer un campamento de vacaciones con niños”. “Pero
lo que nunca debe suceder es escabullirse y pretender no haber visto, dejando así
que los autores de los crímenes sigan cometiendo sus acciones. Por tanto, es
necesaria la vigilancia de la Iglesia, el castigo para quien ha faltado, y
sobre todo la exclusión de todo ulterior acceso a niños. Como he dicho, lo que
está primero es el amor a las víctimas, el esfuerzo por hacerles todo el bien
posible a fin de ayudarlos a procesar lo que han vivido”.
Cuando Peter Seewald le pregunta sobre la
coincidencia de la explosión mediática sobre muchos casos de abuso y el Año
Sacerdotal, el Papa, dice: “Se podría pensar que el diablo no podía tolerar el
Año Sacerdotal y, por eso, nos echó en cara la inmundicia”, pero, “por otra
parte, podría decirse que el Señor quería probarnos y llamarnos a una purificación
más profunda, de modo que no celebráramos de forma triunfalista el Año
Sacerdotal, gloriándonos de nosotros mismos, sino como año de purificación, de
renovación interior, de transformación y, sobre todo, de penitencia”. El Papa
recupera el concepto veterotestamentario de la penitencia que, dice: “se nos ha
perdido cada vez más. Sólo se quería decir cosas positivas. Pero lo negativo existe,
es un hecho. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y
dejarse cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía
también de ese modo. Ahora hay que comenzar realmente de nuevo en espíritu de
penitencia, y al mismo tiempo no perder la alegría por el sacerdocio, sino
reconquistarla”.
Cuando uno es joven, en su omnipotencia
infantil, siente que él no va a envejecer, tener un accidente, enfermar o
morir. Creo que eso también le pasa a los grupos, ante problemas y amenazas que
se les vienen encima. De igual manera me parece que a nosotros jesuitas nos
sucede esto, ante los problemas de los abusos. Es fácil que digamos, bueno, eso
le pasó a Maciel, ocurre en estados Unidos por ser una sociedad tal o porque su
tipo de legislación… pero después sigue Irlanda, Alemania, Bélgica… y la lista
crece. Además, no es asunto de la derecha o la izquierda, pues hemos visto como
el abuso no tiene que ver con una línea pastoral o ideología en particular.
El abuso ha sido llevado a cabo por seres humanos (aunque sea algo inhumano,
como toda injusticia) y también por clérigos, religiosos, jesuitas, etc. Nosotros
los jesuitas mexicanos somos todo eso y, obviamente, puede suceder también
entre nosotros.
Eso es algo que hay que aceptar, ya que,
como decía Pascal, «si el hombre quiere ser ángel, termina siendo una bestia».
En este sentido es importante tomar providencias. Me parece que también
nosotros –personal y corporativamente– podemos decir, con Benedicto XVI: “estas
terribles revelaciones han sido también un acto de la Providencia, que nos hace
humildes, que nos obliga a comenzar de nuevo”.
Efectivamente, «todo redunda en bien de los que lo aman» (Rom 8,28). La
situación actual de la Iglesia también nos ofrece nuevas posibilidades. La
invitación a la penitencia que el Papa y también el P. General
nos hacen, me parece pertinente. Sí necesitamos valorar el don de nuestra vocación
(toda vocación es un gran don) y estar siempre en camino, pues, como dice el P. General: “La vida espiritual es crecer o
disminuir”.
2. CASTIDAD: NUESTRO MODO DE AMAR
Es obvio que el título de este artículo
hace referencia al El amor en los tiempos del cólera de García Márquez.
Lo titulé de esa manera, porque así expreso lo que quiero decir en él: nuestra
castidad vivida en este contexto marcado por los abusos.
También, porque la novela habla de los
diversos tipos de amor y de sus confusiones; y cuando estamos hablando de
castidad estamos hablando de “una forma de amar”. En un diálogo con su madre,
en la que ésta dice que se ha vuelto loca por culpa del cólera, Florentino
Ariza, le contesta: «Confundes el cólera con el amor». Abordo brevemente, pues,
nuestra manera de amar, porque en temas del amor y del afecto, es muy fácil
confundirnos; de hecho el abuso es una terrible confusión.
Además, los abusos –en que también se han
visto involucrados jesuitas de diferentes partes del mundo–, y sus revelaciones
públicas, nos invitan a profundizar en la vivencia de nuestra castidad. Estos
hechos ya estaban en la mente de los jesuitas que elaboraron el decreto sobre
la castidad de la Congregación General 34. “Los medios de comunicación han publicado
historias sensacionales de infidelidad y de abuso. De todas partes del mundo
llueven preguntas sobre el significado y valor de la castidad sacerdotal y
religiosa”. En nuestras sociedades
cada vez más seculares, la castidad ya no es creída como posible, ni como
buena. La castidad es una manera de amar; es un modo de vivir para “amar y
servir”. “La castidad es ante todo un don gratuito que llama al jesuita a un
seguimiento y renuncia que libra su corazón de tener que buscar relaciones
exclusivas y lo arrastra a la caridad universal de Dios hacia todos sus
semejantes. Es un don para configurarse con Cristo”.
Como todo en la Compañía, la castidad… “…es
esencialmente apostólica. El jesuita no la concibe como orientada exclusivamente
a su santificación personal, sino como un llamamiento a unirse a Cristo en su
trabajo por la salvación de la humanidad. De acuerdo con todo el propósito de nuestro
Instituto, abrazamos la castidad apostólica por ser para nosotros una fuente especial
de fecundidad espiritual en el mundo, como un instrumento para un amor más pronto
y una disponibilidad apostólica más total hacia nuestros semejantes. Por eso la
castidad del jesuita no hace competencia al matrimonio, sino que más bien
refuerza su valor. Ambos hacen referencia a un amor y fidelidad más profundos
que la expresión sexual y tanto el matrimonio cristiano como la castidad
religiosa son realizaciones sagradas, aunque divergentes, de ese amor. Pocos
están llamados a la vida de la Compañía, pero, para el que lo está, la castidad
sólo tiene sentido como medio que lleva a un amor más grande, a una caridad
apostólica más auténtica”.
Cuando decimos que nuestra castidad es
apostólica, podemos confundirnos y creer que eso quiere decir que es funcional;
que sólo sirve en cuanto “funciona para el apostolado”; es decir para no tener
hijos ni una familia que mantener y así poder comprometernos en causas
populares, pastorales, académicas, etc., con más movilidad. En verdad se trata
de que el Reino de Dios nos urge (no sólo, ni principalmente las tareas) y se
“impone” este modo de vivir y amar, como el que más va con nosotros y nos ayuda
a ser lo que cada uno es como persona. A nosotros el amor nos urge a vivir de
esta manera, como a otros el amor les urge a formar una pareja; a nosotros ese
amor nos impide físicamente tener pareja, así como a los eunucos se lo impide
su incapacidad física. (Mt 19). Si la castidad fuera solamente funcional,
entonces sería más fácilmente compatible con tener pareja o parejas ocasionales.
La castidad supone en todo y con todo amar
y servir. El matrimonio también, pero con la mediación de la pareja. Por
supuesto que la castidad no implica que nosotros hayamos de amar a Dios
directamente, sin mediación alguna; tenemos la mediación de la comunidad, de un
carisma, una misión, amigos y amigas, etc. Todos, laicos, laicas y célibes,
hemos de vivir con el corazón indiviso para Dios, pero con diversas
mediaciones, como lo dice el primer mandamiento y como lo expresamos en el
Principio y Fundamento.
Este modo nuestro de amar y servir al
Reino supone la totalidad de nuestra persona y de nuestra libido, nuestra
fuerza vital, nuestra fuerza erótica. Una persona célibe que tuviera una pareja
quizá sí podría hacer trabajos muy buenos orientados al Reino, pero lo cierto
es que su fuerza vital estaría dividida, a diferencia de una persona casada
que, aunque tuviera que “gastar tiempo” en su familia no lo viviría como
división, sino como vocación. La castidad no se identifica con el no ejercicio
de la genitalidad, (aunque lo supone). Digo lo anterior, porque también podemos
encontrarnos personas con voto de castidad, que viven la abstención sexual,
pero que tienen atado su corazón a alguna persona, a su familia o hasta a
lugares o cosas que en un momento dado pasan de ser mediación del Reino (o que
nunca lo fueron) a su foco de su atención.
“A causa de su castidad, el jesuita puede
vivir una disponibilidad apostólica radical. Sus ocupaciones tienen siempre
algo de provisional; debe estar dispuesto a los llamamientos de la obediencia para
cambiar de sitio y ocupación. Este desprendimiento de la stabilitas, de asentarse dentro de una familia o de un grupo de
parientes o incluso de una iglesia, cultura y lugar, es el que caracteriza al
jesuita. Es un componente de su obediencia, y es su observancia del celibato
por el Reino de Dios la que hace posible su obediencia para la misión. Si esta
disponibilidad apostólica no merma su afectividad, es sólo porque su castidad
encarna un amor contemplativo que abraza a todos los seres humanos y hace al
jesuita capaz y abierto para encontrar a Dios en todas las cosas”.
La stabilitas del corazón en
lugares o personas no es castidad pues, si hay división –aunque no haya
relaciones genitales–,
ni se vive, ni se está en camino de vivir la pureza de los ángeles. “Pero –dice
la CG 34– esto no equivale a actuar como si se lamentara tener cuerpo. Más bien
está llamado a encarnar en su vida la unidad de visión y la disponibilidad para
la misión que según Ignacio tenían los ángeles. Para Ignacio, los ángeles eran
´espíritus enviados a servir´. Vivían en inmediata familiaridad con Dios y servían
como ministros de Dios atrayendo a los seres humanos hacia Él”.
Con el ejercicio de la genitalidad y
teniendo pareja de cualquier tipo, obviamente tampoco hay vida en castidad, por
más que podamos justificarlo. No podemos vivir los votos a modo, como según yo
lo entiendo; pues hay un modo en la Iglesia y en este cuerpo al que yo,
libremente he querido incorporarme.
A veces en algunas conversaciones sobre
vida religiosa, surge la inquietud o la pregunta sobre si debe de cambiar
nuestro modo de vivir la castidad. La inquietud brota al ver la nueva
percepción de la sexualidad y al hecho de que jóvenes que podrían entrar a la
Compañía, no lo hacen por sus dificultades con la castidad. Pero ¿qué hay de
fondo en esta pregunta?, ¿qué es lo debe cambiar?, ¿se trata de menguarla o de
favorecer la permisividad? Ciertamente la percepción y calificación histórica
de la sexualidad se ha modificado pues hay expresiones y áreas de acceso del
comportamiento hoy desmitificadas u homogeneizadas en el curso de la vida
cotidiana. Pero eso no significa que la vivencia de la castidad debe cambiar
simplemente incluyendo comportamientos o expresiones hoy aceptados socialmente.
La vivencia de la castidad es otra dimensión que rebasa la lista de lo que se
puede y no se puede, como para sentir que queda actualizada desgravando algunos
comportamientos; sí en cambio implica redimensionar los elementos de
integridad, libertad, respeto a los demás y entrega exclusiva a una misión en
el marco de lo que significa una vida religiosa entregada.
Respecto a que actualmente a causa del
voto de castidad pueda estar habiendo menos vocaciones religiosas, iluminan las
palabras del P. General: “La Compañía sigue descendiendo en sus números, pero
esto que es una realidad que parece se mantendrá por un tiempo más puede ser
leído como una amenaza o como una oportunidad. Quizás anteriormente los números
de religiosos podían estar algo inflados porque todo el que quería comprometerse
seriamente en la vida sólo encontraba en la vida religiosa el camino. Hoy en
día la teología sobre el papel de los laicos nos muestra otro camino de
compromiso y esto exige de parte de nosotros una redefinición de nuestra
identidad. De hecho esa baja en los números está sacando lo mejor de nosotros. Está
aumentando la conciencia de que todo jesuita es promotor de vocaciones. El gran
problema que tenemos como orden, no son los números sino que estamos distraídos…”
Quizá muchos sin una clara vocación para
vivir la castidad, se hacían religiosos porque era la manera que encontraban de
“comprometerse seriamente”. Esto ha cambiado. Quizá nosotros seremos menos,
pero se nos pide más “concentración” y más movilidad física y mental, para
responder a la misión y para saber apoyar a nuevas formas de vida cristiana con
espiritualidad ignaciana que no necesariamente tengan voto de castidad.
Creo que lo dicho en ese apartado viene al
caso porque también nuestro voto de castidad –a propósito de los abusos– está más
en cuestión, y estamos siendo observados, sea por los que quieren alegrarse al
comprobar que es imposible e inútil, o por los que nos van a exigir coherencia,
o por los que nos van a alentar con cariño a pesar de las dificultades y de
nuestra propia fragilidad.
Al plantearse vivir en castidad en la
presente situación de la Iglesia y de nuestro país, un novicio dice: “En este
contexto, de violencia, de inseguridad, de desvalorización de la sexualidad, de
desprestigio de nuestro ser y quehacer, para mí tiene sentido el hacer voto de
castidad, pues es una forma de vivir mi afectividad-sexualidad; es un modo
distinto de amar, que implica a todo de mi ser: mi tiempo completo, mis
virtudes y mis defectos. Tengo fe en que con mi vida vivida así, Dios generará vida,
aportará a la construcción del Reino y en algo trasparentará su compasión y
misericordia”.
3. APRENDER SOBRE LA NECESIDAD DE
PONER LÍMITES.
La vivencia de la afectividad supone el
reconocimiento de los propios límites; tanto en las relaciones (y en este caso
también supone el reconocimiento de los límites de las otras personas), como
con las cosas y todo lo que percibimos. Estos dos temas veremos a continuación.
Los límites en nuestras relaciones
El rol que jugamos en un colegio,
parroquia, obra social, universidad o en cualquier otra misión que se nos
encomiende, nos pone en cercanía con la gente; de hecho nuestro apostolado
siempre implicará algún tipo de relación interpersonal. Como somos hombres sexuados,
todas nuestras relaciones serán precisamente relaciones de hombres sexuados.
Por eso necesitamos ser muy responsables
con nuestras relaciones y con la vivencia de nuestra sexualidad. Como jesuitas,
por nuestra vocación y por el voto de castidad, hemos de relacionarnos con la
gente para amarla, servirla y para llevarles el mensaje del Reino de Dios; y no buscar esas relaciones para
llenar nuestras necesidades afectivas de reconocimiento, cariño, aprecio,
valoración… y menos aún para que
satisfagan nuestras necesidades propiamente sexuales.
Unas relaciones centradas en el otro y
vividas desde nuestra identidad y misión, sí van a alimentar a nuestra
afectividad, pero, sólo “por añadidura” (Mateo 6:33).
Como dice la CG 34: “Los ministerios producen una conciencia de Cristo que no
se encuentra fuera de esta experiencia apostólica, del Cristo al que nos unimos
como instrumentos regidos por la mano de Dios. La gracia por la que caminamos
en fidelidad hacia Dios es la misma por la que procuramos "ayudar a la
salvación y perfección de las (ánimas) de los prójimos". Más aún, la
castidad forma parte de la manera que hemos escogido para relacionarnos con los
demás. La satisfacción y gozo que provienen de la experiencia
apostólica refuerzan a su vez el significado de la castidad que hace posible
esta vida apostólica. Esto sucede especialmente en los ministerios con los
oprimidos y los pobres. En todo caso, el apoyo mutuo entre la castidad y las
tareas apostólicas del jesuita es posible sólo si se trabaja desinteresadamente
y sin orientar el trabajo pastoral a su autopromoción”.
Si nos relacionamos interesadamente y
buscando autopromoción podemos ir confundiendo el amor (y la castidad,
pues ese es nuestro modo de amar) con otras cosas, y posiblemente caminando
hacia algún tipo de abuso; quizá no el abuso a menores, pero sí aquel tipo de
abuso que sea tentación para cada quien.
Me parece que estos abusos que tanto nos
han herido son un llamado a reflexionar en la verdad de nuestras intenciones y
en el tipo de relaciones que tenemos con la gente con la que hacemos equipo y a
la que servimos; un llamado a ser transparentes con nosotros mismos sobre cómo
quedan involucrados nuestros sentimientos y nuestras fantasías afectivas y
sexuales en todas nuestras relaciones. Sólo así podremos tener un manejo creativo
de ellas, en la misma línea del tipo de vida por el que hemos optado. ¿Por qué abrazo?,
¿por qué acaricio?, ¿por qué paso más tiempo con esta persona? ¿En todo eso amo
o me busco a mí mismo? ¿Me pregunto y estoy atento a que mi amor y mis
intenciones sean recibidas y entendidas, o sólo me quedo con la buena
conciencia de que yo lo hago limpiamente?
No se trata de hacernos estas preguntas obsesivamente pero creo que hacérnoslas
en general o sobre la dinámica de algunas relaciones en particular podría ayudarnos
a amar más, según el tercer binario y la tercera manera de humildad.
Por eso, el mismo decreto sobre la
castidad dice que “la Compañía espera de cada jesuita no solo fidelidad a los
votos, sino también los signos públicos normales de esta fidelidad”; es decir un
comportamiento profesional, con respeto a los límites y que descarte “toda
ambigüedad sobre nuestras vidas, de forma que aquéllos a quienes servimos
puedan fiarse instintivamente de nuestro desinterés y fidelidad”.
Con esta intención la CPAL ha hecho el documento, “Para un ministerio creíble y
sano”,
que da pautas sobre qué hacer en caso de que un jesuita cometa un abuso sexual
y medidas de protección, en donde baja a lo concreto de los límites que
necesitamos tener en nuestras relaciones.
Las puertas de los sentidos.
En una nota, la Congregación General 34
dice: “Sería provechoso adaptar y aplicar ciertas directrices de los Ejercicios
Espirituales a la decisión de poner orden en las múltiples influencias
culturales que rodean al jesuita siempre que éstas resulten desordenadas. Por
ejemplo, las "Reglas para ordenarse en el comer" [EE 210-217] que
Ignacio coloca en la Tercera Semana y "la primera manera de orar", ya
que tiene que ver con los "cinco sentidos del cuerpo" [EE 238-248]”.
Esto podría ser tema de otro trabajo, pero
creo que vale la pena decir algo en esta línea, para que nos ayude a tomar
conciencia de nuestras limitaciones y posibilidades y vivir mejor nuestra
castidad en estos tiempos.
Las intuiciones sobre la sensibilidad en
los ejercicios de Adolfo Chércoles
nos pueden ayudar a hacer esto que nos sugiere la Congregación. Según él, San
Ignacio sabe por su propia experiencia, que en la sensibilidad nos lo jugamos
todo. No somos lo que pensamos ni lo que nos emociona o entusiasma en un momento:
somos nuestra sensibilidad.
La praxis está más ligada a la
sensibilidad que a la inteligencia o a la emotividad, pues nosotros somos muy
conscientes de que no hacemos lo que sabemos que tenemos que hacer. ¿Por qué
nos sucede esto? Porque nuestra sensibilidad tiene una dirección y hemos
de reconocer esa dirección (primera manera
de orar), “reeducar” a nuestra sensibilidad (contemplaciones, repeticiones,
resúmenes y “pasar por los sentidos”), para vivir más unificadamente toda
nuestra sensibilidad desde el seguimiento de Jesús y desde nuestra propia
vocación (“cuidar las puertas de los sentidos” y “reglas para ordenarse en el
comer”):
a) Primer modo de orar [EE 238-248].
El primer modo de orar, más que una manera
de orar nos prepara y dispone para que nuestra “oración sea acepta” [EE 238,3].
La Intuición de Adolfo Chércoles, es que San Ignacio pretende que antes de
hacer ejercicios, tomemos conciencia de la estructura de nuestro yo pues, si
no, nuestra oración será ilusa.
El ejercitante debe reconocer en dónde está; por eso empieza primero
preguntándose por su visión del mundo (los diez mandamientos), sus hábitos (7
pecados mortales y 7 virtudes contrarias), el uso de sus capacidades, o “el
laboratorio” en donde procesa todo que recibe de fuera (tres potencias del
alma: memoria, inteligencia y voluntad) y nuestra sensibilidad (los cinco
sentidos corporales).
Hay que llegar hasta los sentidos, pues es
desde la sensibilidad desde donde actuamos connaturalmente, sin necesidad de
pensar cada movimiento, a la manera de un chofer al conducir o un músico al
interpretar. Se trata pues de caer en la cuenta de cómo actuamos connaturalmente
y de que la manera en que veo, toco, hablo, me visto, camino, huelo… no son
ingenuas, sino que efectivamente tienen una dirección. ¿Cuál es esa dirección?
De niños, todo lo aprendimos por los
sentidos, viendo y volviendo a ver a los adultos. No entendíamos pero la
repetición nos fue incorporando gestos, modos, a lo masculino, lo femenino, el
machismo, el sexismo, el cariño, el poder, a acariciar, a golpear, los gustos estéticos
y morales… desde ahí actuamos sin mucho pensar. Hace falta llegar hasta los sentidos
o, de lo contrario, ignoraremos que desde ahí nos queda sesgada la lectura de
todo; por eso Jesús hablaba en parábolas: “porque viendo no ven y oyendo no
oyen ni entienden”… y la causa de esta ceguera y sordera es que “se ha embotado
el corazón de este pueblo; han hecho duros sus oídos y sus ojos han cerrado”
(Mt 13,13-16; Is 6,10; 32,3). Ante un corazón embotado (visión de la realidad,
hábitos y laboratorio ya muy prejuiciados), Jesús tiene que apelar a las
experiencias sensibles (las parábolas), reales, no ideologizadas, pues a los
prejuicios sólo los desmonta la realidad: la contundencia de un hecho no puede
discutirse. En temas de sexualidad y afectividad la sensibilidad siempre ha tenido un papel muy importante; y ahora
aún más, porque el sexo y la valía personal se han hecho, además de mercancía,
objeto de la propaganda, y cada vez van subiendo los estándares de, por ejemplo,
el tipo de escenas eróticas en una película, un comercial, etc.
Se trata, pues, de tener una sana sospecha
sobre nuestra “buena conciencia” y buena intención; y la claridad de que todo
nos lo jugamos en la sensibilidad. No es que no debamos tener “sentimientos
negativos”; se trata más bien de que tengamos conciencia clara de ellos: “El
jesuita no tiene por qué avergonzarse de sentir tentaciones y deseos de comportarse
en desacuerdo con sus compromisos. Pero sí debe buscar ayuda al tratar de dominarlos”.
Y, ¿cómo los vamos a dominar? Según la
propuesta ignaciana, modificando nuestra sensibilidad. ¿Y cómo puede ser
modificada nuestra sensibilidad? Este es nuestro siguiente apartado.
b) Contemplar, repetir, resumir,
pasar por los sentidos.
En las contemplaciones de los ejercicios
San Ignacio, nos pone, como niños, a contemplar con los ojos bien abiertos a
las personas mayores. Pero aquí, nuestros mayores son Jesús, la Trinidad, la
Virgen María, los apóstoles (y también la humanidad que sufre y goza). Percibiendo
con todos los sentidos bien abiertos, poco a poco, por repetición – aunque,
como los niños, no lo entendamos–, se nos va “pegando” lo percibido. De tanto, ver,
oler, gustar, tocar y oír, lo contemplado va impactando nuestra sensibilidad de
tal manera que ésta quede marcada. Desde esta experiencia van siendo renovados
el uso de nuestras potencias, nuestros hábitos y nuestra visión del mundo (y no
al revés como muchas veces intentamos, sin grandes frutos). Así pues, nuestra
afectividad va siendo tocada, no con nuestras sesudas reflexiones de adultos
sino poniendo en juego a nuestras partes más infantiles (desde las que
lloramos, reaccionamos con miedo o con arrojo, con odio o empatía, con gusto o
rechazo… desde las que, en definitiva, actuamos en lo cotidiano y no sólo en
las grandes decisiones).
Lo que hacemos nos tiene que gustar, o
terminaremos esquizofrénicos, divididos, dedicando un tiempo para trabajar (con
puro desgaste afectivo, pues hago lo que no me gusta) y otro para darme mis
gustos. Por eso San Ignacio, en el momento crucial de los coloquios en la
meditación de los tres binarios, nos pone esta nota: “Es de notar que cuando
nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no
somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha, para extinguir el tal
afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el
Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea
servicio y alabanza de la su divina bondad” [EE157].
Se trata de desear esto, de que nos guste;
no sólo de soportarlo pues, si no, será algo que haremos excepcionalmente o por
heroísmo… Podremos acercarnos a un enfermo que huele mal, pero tapándonos la
nariz, y ese gesto no será bueno para nadie. Y obviamente si no vivimos así,
buscaremos “el refugio del guerrero” que suele ser un abrazo sólo para mí, o un
lugar para vivir burguesamente, o cualquier otra cosa, en donde sí haré lo que
me guste y a lo que “tendré derecho” después de tantos trabajos. Necesitamos
aprender a usar nuestros sentidos y, desde una unificación personal, también
ver a las demás personas unificada y totalmente, de tal manera que podamos ver
a un cuerpo atractivo sin dividirnos ni dividirlo; es decir, verlo no sólo como
un cuerpo sino como la presencia de una persona hecha a imagen y semejanza de
Dios con un cuerpo que además me atrae. Es lo que nos pide San Ignacio en el
número 250 de las constituciones que veremos posteriormente: “en manera que
considerando los unos a los otros crezcan en devoción y alaben a Dios nuestro
Señor, a quien cada uno debe procurar de reconocer en el otro como en su
imagen”. Pero a Él en todo, a la manera por ejemplo de San Agustín y
no quedando atrapado en una relación o, peor aún, en un cuerpo, como la
“experiencia religiosa” que cantaba Enrique Iglesias.
Recordemos que para San Ignacio devoción es la capacidad de encontrar a Dios en
todo.
Este proceso no es algo que se consigue
rápidamente, como tanto deseamos; es más bien un estilo de vida. Por eso dice
San Ignacio: “Quien quiere imitar en el uso de sus sentidos a Cristo nuestro
Señor, encomiéndese en la oración preparatoria a su divina majestad, y después
de considerado en cada un sentido, diga un Avemaría o un Páter noster; y quien
quisiere imitar en el uso de los sentidos a nuestra Señora, en la oración
preparatoria se encomiende a ella, para que le alcance gracia de su Hijo y
Señor para ello, y después de considerado en cada un sentido, diga un
Avemaría”. [EE 248].
Hay que hacerlo constantemente. Recordemos
que en ejercicios, la oración preparatoria la hacemos cinco veces al día,
durante 30 días… y después en la vida cotidiana.
c) “Cuidar las puertas de los
sentidos” [Const. 250].
Con esta imagen Ignacio busca reflejar el
papel de los sentidos en la manifestación del hombre/mujer interior hacia fuera
y en la manera de filtrar la percepción externa hacia el interior. En efecto,
para él los sentidos son un tránsito de doble dirección: por una parte captan y
dejan pasar los estímulos que reciben de la realidad y, por otra, reflejan muy expresivamente
el modo como han quedado archivadas dichas percepciones en el corazón.
Si con el primer modo de orar ha quedado
al descubierto cómo vivimos nuestra sensibilidad, cómo nuestros sentidos –o
mejor dicho, los filtros desde los cuales “leemos” lo percibido– nos ponen (o
no nos ponen) en contacto con la realidad y con Dios. Si con las contemplaciones,
repeticiones, resúmenes y aplicación de los sentidos, poco a poco nuestros
sentidos van aprendiendo de Jesús y ya no se limitan a sólo ver, oír, oler,
gustar y tocar –que pueden ser respuestas sólo
mecánicas–, sino que han aprendido además a mirar, escuchar, saborear,
acariciar y besar, entonces, ahora necesitamos primero cuidar nuestros sentidos
y luego preguntarnos qué expresamos en nuestros actos y con nuestra presencia.
1º. Cuidar nuestros sentidos.
“Todos tengan especial cuidado de guardar
con mucha diligencia las puertas de sus sentidos (en especial los ojos y oídos
y la lengua) de todo desorden” [Const. 250,1].
San Ignacio nos dice esto porque sabe que
lo que viene de fuera tiene un gran impacto en nosotros. Lo que vemos, lo que
comemos, lo que olemos, nos deja su marca. Ciertamente no somos responsables de
ese impacto, pero sí de lo que posteriormente hagamos con ese impacto y de qué
tanto nos exponemos a las cosas que nos marcan.
En las tres primeras reglas para ordenarse
en comer [EE 210-212], San Ignacio centra su atención, más en la cosa que nos
desordena (“el manjar”), que en nuestro desorden mismo. No es que San Ignacio piense
que el mal nos venga de fuera; él sabe que, “del corazón de los hombres, salen
los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias,
maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo e insensatez. Todas estas
maldades de adentro salen, y contaminan al hombre (Mc 7,21-22). Lo que está diciendo
es que –yendo contra nuestra omnipotencia narcisista– las cosas pueden llegar a
tener un poder sobre nosotros, y que nos toca reconocer ese poder y poner
medios para no sucumbir a aquello ante lo que somos frágiles. El lenguaje lo
dice: “ese pastel es irresistible”; con eso decimos que si estoy ante él, lo
que voy a hacer es comérmelo, a pesar de todos mis propósitos. Con nuestros
deseos afectivos y sexuales pasa lo mismo que con el hambre y la sed (nuestro
deseo primario, que además fue satisfecho junto con afecto por el pecho de
nuestra madre). Conviene traer aquí aquello que dice González Fáus: “La fuerza del
sexo es, por lo general, superior al hombre y desautoriza esa pretensión de la
razón ilustrada que se cree capaz de dominar todas las dimensiones humanas”.
La CG 34 nos recuerda: “El discernimiento
y la autodisciplina son indispensables para guardar fielmente la castidad. La
cultura popular contemporánea está muy influenciada por la propaganda comercial,
la publicidad y la explotación lucrativa de las sensibilidades sexuales. El entretenimiento
excesivamente pasivo puede crear hábito y lasitud. En este contexto, el jesuita
debe mostrarse críticamente consciente. Las directrices de Ignacio y la
experiencia secular de la Compañía confirman que hace falta realismo,
discernimiento y abnegación para resistir a los numerosos factores del mundo
contemporáneo que invaden nuestra vida”. “La discreción religiosa debe
aplicarse a todos los elementos de nuestra vida, incluida la práctica del
examen de conciencia y la mortificación y custodia de los sentidos. En concreto,
debe medir los influjos que se admiten a través de diversiones, televisión,
videos, lecturas, recreo y viajes, así como las relaciones personales. Para
vivir una vida íntegra, uno debe preguntarse con realismo si este o aquel
influjo o práctica fortalece o debilita la castidad y su testimonio público”.
Llama la atención, cómo la Congregación
insiste en el realismo; porque a veces, en nuestra “ingenuidad” nos dejamos
invadir y luego somos controlados desde dentro. ¿Cómo quiero vivir
integradamente mi afectividad y con toda mi “fuerza erótica” concentrada en amar
y servir, si me lleno de tantas imágenes que me habitan y distraen de lo
importante, y luego me llevan a concentrarme o en “controlar” mi sexualidad o
en vivirla desordenadamente? Ya los antiguos monjes sabían cómo lo que ahora
llamamos subconsciente es alimentado y luego se expresará hasta en los sueños.
Evagrio Póntico en el número 55 del Praktikos afirma que: "Sucesos
naturales durante el sueño que no van acompañados por imágenes convulsionantes,
no indicarían que el alma estuviera enferma. Pero cuando aparecen imágenes,
esto es un indicio que el alma no está sana."
Anselm Grün, de quien tomé esta cita, la
explica así: “Eyaculación nocturna sin imágenes turbulentas del sueño es
considerada por Evagrio como normal. Pero hace hincapié en que el demonio de la
lujuria aguijonea muchas veces en el sueño nuestra fantasía y la convulsiona.
En consecuencia, por el sueño podemos conocer hasta dónde hemos llegado con la
integración de la sexualidad. Cuando es realmente integrada, entonces se
manifiesta en un profundo anhelo del Dios infinito y en una energía casi
inacabable.
Obviamente no se trata ni en este tema, ni
en el de la masturbación y ni en general en nuestra sexualidad,
de hacernos escrupulosos “cuidadores de nuestra pureza”, sino de ayudarnos y
hacernos responsables para vivir más unificadamente y concentrados en lo importante.
El Padre General dice: “El gran problema
que tenemos como orden, no son los números sino que estamos distraídos. Esto ya
aparece en los clásicos como San Juan de la Cruz, Sta. Teresa de Ávila, San
Ignacio o San Francisco Javier. Somos buenos, pero estamos distraídos. No hay
maldad, ni clara infidelidad en la mayoría. Falta fuego y esto porque estamos
distraídos. Nos falta concentrarnos en Cristo. Son muchas las distracciones:
Estima propia, buen nombre, relación con los superiores, internet, ideologías,
teorías teológicas u otras cosas que son secundarias nos separan de lo principal.
Tenemos gente herida que vive guindada en hechos del pasado: que si me permitieron
o no estudiar lo que quería, que si tengo o no determinados títulos, que si estoy
peleado con un compañero, heridas con superiores o formadores. Esto llega al
punto de que se habla de heridas que han durado 30 o 40 años y no se sanan.
Están distraídos. Lo propio de los santos es que están concentrados. Eso le
permite vivir con humor, porque uno está centrado y lo demás lo deja de lado”.
Hemos pues, de cuidar las puertas de los
sentidos, pero también hacernos conscientes de lo que expresamos en todo; este
es el segundo punto.
2º. Preguntarnos qué expresamos en
todo: comer, vestir, caminar, saludar, hablar, callar, abrazar, descansar.
Continúa el 250 de las Constituciones: “…
y de mantenerse en la paz, y verdadera humildad de su ánima, y dar de ella muestra
en el silencio, cuando conviene guardarle; y cuando se ha de hablar, en la consideración
y edificación de sus palabras, y en la modestia del rostro, y madureza en el andar,
y todos sus movimientos, sin alguna señal de impaciencia o soberbia, en todo procurando
y deseando dar ventaja a los otros, estimándolos en su ánima todos como si les fuesen
Superiores, y exteriormente teniéndoles el respeto y reverencia que sufre el
estado de cada uno, con llaneza y simplicidad religiosa; en manera que
considerando los unos a los otros crezcan en devoción y alaben a Dios nuestro
Señor, a quien cada uno debe procurar de reconocer en el otro como en su
imagen”. [Const. 250,2-5].
Con esto Ignacio no busca que los jesuitas
construyamos una imagen afectada o mojigata, sino que expresemos lo que
llevamos dentro y que además, estemos atentos a expresarlo. Lo que existe es lo
que se objetiva; el resto queda en el campo de las intenciones; por eso, además
de ser castos, también hay que parecerlo. Esto obviamente tiene un impacto
apostólico, pero también hacia adentro de nosotros mismos y hacia la vivencia
de nuestra sexualidad.
Si con la primera parte de “guardar las
puertas de los sentidos”, San Ignacio quiere que cuidemos lo que entra en
nosotros, en esta segunda nos invita también a cuidar lo que sale; tanto para
estar atentos a que todo en nosotros diga la experiencia de Dios por la que vivimos
en castidad, como para ver qué otras cosas también estamos expresando (como veíamos
en el primer modo de orar).
Así pues, viendo nuestra manera de
relacionarnos y de estar en el mundo desde este número de las Constituciones,
podríamos hacernos preguntas como ¿qué expresa mi trato con las personas, mi
manera de vestir, mi manera de caminar, mi porte, mi cuerpo, mi manera de
hablar, de dirigir, de secundar, de comer, de consumir…? ¿Seducción, lujo, distancia,
aceptación, machismo, femineidad, poder, gracia, control, amor, sencillez, sofisticación,
protección, necesidad de que me cuiden, debilidad, fuerza, necesidad de aplauso,
prepotencia, superioridad, horizontalidad…? Mis criterios, mis gustos,
¿expresan y refuerzan a esta forma de amar que yo escogí?
San Ignacio nos transmite una visión no
disociada de la persona sino unificada. En sus términos podríamos decir que lo
espiritual y los sentidos corporales o van como “un solo hombre”, hacia la
Voluntad de Dios… o no vamos para ningún lado.
En resumen, los sentidos también deben ser
cuidados pues han de expresar lo que llevamos dentro; hemos de hacernos
conscientes de que hay cosas que tienen poder sobre nosotros y cuidarnos, y por
último, nuestra vida espiritual no puede estar desligada de todo lo demás, de
qué y cómo comemos, vemos, compramos, hablamos… Lo contrario sería espiritualismo.
4. MAYOR CONCIENCIA DE NUESTRO PODER
Y DE LO QUE HACEMOS CON ÉL.
“…por esa vinculación tan estrecha entre
sexualidad y deseo, es posible comprender la sospecha que anida en muchas
cabezas humanas de que la persona que ha logrado separar sexo y deseo, será
porque ha potenciado desfavorablemente en su psiquismo otros de los grandes
campos del deseo humano: la riqueza o el poder. O con otras palabras: el
célibe tiene muchos números de la rifa para convertirse en avaro o dictador.
Estará amenazado de ser un negociante que, a lo mejor, hasta se enriquece con
el deseo de los demás), o de ser una personalidad autoritaria (que goza
prohibiendo el placer a los demás). En cualquier caso, sería bueno que los
eclesiásticos no olvidáramos estas semánticas tan sencillas, porque algo de eso
puede pasar efectivamente con la castidad, si ésta no consigue ser auténtica”.
Empiezo este apartado con la cita de
González Fáus, porque nos hace caer en la cuenta de cómo, como célibes, podemos
caer en abusos de poder y de codicia. En verdad los tres votos van juntos; pues
tenemos una única fuente vital que nos hace desear y que si está dispersa,
buscará sus caminos. También nos puede ayudar a considerar cómo el poder,
mezclado con una sexualidad no integrada, es un factor muy importante que nos predispone
para el abuso, y nosotros, todos, ciertamente tenemos algún tipo de poder.
Clericalismo y jesuitismo
A propósito de la clausura del año
sacerdotal, el P. General nos decía a los jesuitas: “¿Cómo entender y vivir
nuestro sacerdocio -especialmente aquellos de nosotros que hemos sido ordenados
presbíteros- sin caer en la tentación del clericalismo, de los privilegios, o
de fomentar aquellas diferencias que significan poder o una posición social
superior? ¿Cómo podemos ser testimonio de una vida gozosa de servicio sencillo,
que imite al Jesús que lava los pies? ¿Hasta qué punto la celebración de la
Eucaristía es central, reverente y transformadora de nuestra vida diaria? ¿En
qué necesitamos crecer? ¿En qué necesitamos reformarnos?”
Me parece que, en general, nosotros los
jesuitas mexicanos criticamos el clericalismo y “pintamos la raya” respecto de
él. Quizá nos lo imaginamos con un determinado modo de vestir y con un
explícito uso de Dios o de la religión para obtener privilegios o imponer
ciertos criterios morales o derechos propios. Pero las preguntas que nos hace
el P. Nicolás centran el tema en los privilegios y en el fomento de aquellas
diferencias que significan poder o una posición superior. El jesuitismo es nuestra
versión del clericalismo, que, aunque en nuestra Provincia pueda tener un ropaje
secular, moderno, postmoderno, o profesional, termina en donde mismo: privilegio,
poder, prestigio. Y es precisamente con las preguntas sobre nuestra experiencia
de fe por donde el P. General nos indica la salida del clericalismo o jesuitismo:
siendo “testimonio de una vida gozosa de servicio sencillo, que imite al Jesús que
lava los pies”, en “la celebración de la Eucaristía [que sea] es central, reverente
y transformadora de nuestra vida diaria”. Creo que sus preguntas sugieren que
por ahí puede ser que necesitemos crecer y reformarnos; así también podremos
ser servidores y reverentes ante el misterio de toda persona humana.
Según Kevin Flaherty, “un elemento que
reaparece en los análisis de las causas [de abuso a menores] es el clericalismo
que combina el poder, el machismo, un sentido de pertenecer a un grupo selecto,
y una supuesta bendición divina que les separan de los demás. Parafraseando la
situación del fariseo y del publicano (en Lucas 18, 11), el fariseo se define a
sí mismo diciendo: "no soy como los demás hombres"… y más adelante:
“El manejo de algunos de los peores casos de abuso nos hace recordar la manera
como algunos militares o policías han manejados sus propios escándalos”.
“Lo que hace al clericalismo tan
pernicioso es que, como el racismo o el machismo, los que más lo manifiestan,
no lo quieren reconocer, tienen sus esquemas y percepciones cerrados y no están
dispuestos a escuchar a los que sufren los efectos del sistema”.
Por eso, me parece muy necesario
preguntarnos personal y colectivamente por el uso del poder y de los
privilegios que tengo o que tenemos nosotros jesuitas de esta obra, por el hecho
de ser jesuitas. Porque sí que los tenemos44
y si niego tenerlos, entonces no voy a poder discernirlos, ni a tener la
actitud del tercer binario: “tomarlo o dejarlo”, sólo por la mayor gloria de
Dios y cuidarme de no usarlos para mi imagen, beneficio o placer.
El “desnivel” en nuestras relaciones
profesionales
En una nota de pie de página, la
Congregación General 34, reflexiona sobre nuestro comportamiento profesional: “Una
relación 'profesional' comporta mucho más que la meramente contractual o aun de
negocios en cuanto que no tiene lugar, como éstas, entre partes iguales sino
desiguales, porque una de las partes tiene competencia y experiencia en su
campo, mientras que la otra, el cliente, es ignorante a ese respecto y necesita
acudir a la habilidad y competencia del profesional. En ese grado el
profesional ocupa muy legítimamente un puesto de poder y autoridad. Actuar
'profesionalmente' comporta no sólo hacer disponible su competencia, sino además
no abusar de su relación de poder para manipular al cliente. Comporta
objetividad, imparcialidad, sensibilidad y delicadeza, tanto haciendo accesible
su competencia como facilitando al cliente la satisfacción de su interés, y no
induciendo en el cliente una dependencia del profesional”.
Es muy importante reconocer que hay un
desnivel o “desigualdad” en las relaciones maestro-alumno/a, pastor-feligrés,
formador-formando, promotor-“promovido/a”, adultojoven, patrón-empleado/a,
jefe-subalterno/a, acompañante-acompañado/a, etc. Si vemos esa realidad con
culpa,
pretenderemos que esas diferencias no existen y, en consecuencia, no vamos a
discernir ese diferencial de poder que de hecho hay y más fácilmente podremos
no reconocer y no respetar los límites propios y ajenos y abusar.
Abuso también es aprovecharse de una
persona atribulada que llega a nosotros para satisfacer cualquier necesidad
nuestra, así sea de afecto, reconocimiento, y obviamente en el terreno sexual.
Relaciones afectivas o sexo-genitales
abusivas
Lola Arrieta hace un estudio muy sugerente
de las motivaciones para vivir el celibato, utilizando la canción 28 del
Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz: Mi alma se ha empleado, y todo mi
caudal, en su servicio; ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya
sólo en amar es mi ejercicio. Dice que ser célibe para guardar ganado es imaginar que
el celibato será la solución a mis heridas, o vivir el celibato con meras
motivaciones de sobrevivencia. Es decir, ser célibe para “buscar en todo y por
todo la protección afectiva y efectiva”, para “buscar beneficio en todo lo que
hacemos” aceptando sólo la realización y sin resistencia a la frustración, o
“para salvaguardar la imagen por encima de todo”. Ser célibe con otros
oficios ,
hace referencia a “situaciones vocacionales en las que encontramos pérdida
de motivación o muchísima ambigüedad en la forma de vivir y afrontar la
vocación”. Estas situaciones “no son provechosas, porque minan las fuerzas…
crean división… y desorientan radicalmente a quien las vive”. Ser Célibe “con
otros oficios”, puede llevar a alguna de estas dos situaciones:
Primera: Vivir "abusando de
otros" y profesar públicamente la opción de amor célibe.
“Es aquella situación en la que la persona aparenta
vivir una vida que en realidad no vive, y no sólo no vive, sino que no
está dispuesto a vivirla. Abusa reiterada y sistemáticamente de los otros
con relaciones sexo-genitales o de violencia y control. A veces la pareja pacta
y acepta la situación, otras los soporta como inevitable. La persona
externamente cumple, a veces con perfección insospechada. Nunca se plantea
su situación y si alguien intenta cuestionarlo, -por evidente-, lo niega con
rotundidad o acusa a otros con diversas y sofisticadas argumentaciones. Se aprovecha
de los beneficios que le proporciona su rol y su estatus, y utiliza esa
infraestructura para conseguir fines particulares” (pp. 71-72).
Más adelante, Lola aclara: “No me refiero
a situaciones que pueden ocurrir a lo largo de un proceso vocacional:
enamorarse, tener relaciones sexuales dentro de la vida célibe, mantener una
relación de pareja durante algún tiempo, etc. Me refiero a todas esas
situaciones - siempre clandestinas-, y caracterizadas por el uso y
abuso de los otros para fines propios que nada tienen que ver con la opción
de vida que se dice profesar. Abundan sobre todo entre varones” (p. 73).
“¿Cuáles son algunos de los
comportamientos que pueden darse?: Mantenimiento de relaciones sexuales asiduas
con una persona del mismo o de distinto sexo, siempre vividas en la
clandestinidad. Relaciones éstas caracterizadas por el abuso, la seducción, la
violencia, el avasallamiento, en resumen, el deseo de tener poder o control
sobre los otros, como expresión clara del endurecimiento del propio corazón.”
(p. 73).
Segunda: Vivir relaciones ambiguas y
dependientes.
“Todas aquellas situaciones cotidianas en las que se
dan relaciones de par, nombradas como amistad y justificadas casi
siempre desde la ayuda unidireccional o bidireccional. Se pueden dar entre
personas del mismo sexo o de distinto. Se caracterizan por ser relaciones intensas
y polarizantes. El objetivo último es garantizar la caricia: afectiva,
sensual y sexual; esa es la base de la relación, aunque se justifique de mil
maneras y se haga materia de conversación cualquier otro tema de la vida
diaria, que siempre suele ser el pretexto” (p. 73).
“En la situación anterior hablábamos de negación,
aquí hablamos de enquistamiento en el proceso de maduración afectiva
y emocional. Expresa mucha debilidad y la tendencia a vivir eternamente como niña/o…
Lo que nunca llega a decirse quien
así actúa es lo que late en su actitud inconsciente: satisfacer las propias necesidades
erótico-afectivas, insuficientemente resueltas” (p. 73).
Hay relaciones de este tipo que se
expresan genitalmente… “Otras relaciones se mantienen de forma cronificada y
enquistada durante mucho tiempo, no se pasa de las manifestaciones de
sensualidad, que a veces las considero más dañinas que la expresión sexual en
sí. Las relaciones sensuales (las que se suscitan desde el hambre negada
para satisfacer las propias necesidades erótico-afectivas no suficientemente
resueltas, reprimidas y vividas de forma inconsciente), tienen la fuerza
de la seducción y la atracción de la droga. Producen el efecto de arrastrar
compulsivamente a quien lo padece para someterse sumisa o
compulsivamente, en espera de la caricia verbal o física, sin la cual se
considera incapaz de vivir” (p. 73).
Estas relaciones ambiguas y dependientes
son… “de todo este tipo: pseudo-homosexuales, parejas-bebé, (porque se
constituyen en función del apoyo y protección mutua), pseudo-amistades justificadas
desde la ayuda fraterna…” (p. 76).
Es difícil identificarnos con estas dos
situaciones que tienen su origen en la pérdida de motivación o ambigüedad en
nuestra vivencia de ellas. Ojalá sea porque no andamos en esos caminos; pero
también puede ser porque no hemos llegado hasta allá; ¡pero podemos llegar!
La primera situación, sí llega a suceder a
jesuitas. En mi vida como jesuita, me ha tocado escuchar a tres mujeres que han
tenido alguna relación de pareja con un jesuita –o ahora exjesuita– (con
relaciones genitales, ¡o sin ellas!). Una atribulada porque de su parte estaba
dispuesta a dejar su vida (¡hasta su familia!) para hacer vida con ese jesuita…
pero él no quería tanto. Otra, deprimida por el abandono, pues al otro le había
aparecido una nueva relación. La tercera, atrapada en la indefinición
continuada de esa relación. Las lágrimas de ellas expresaban una queja. En el
fondo vivían esa experiencia como abuso (aunque ellas también tenían su parte
de responsabilidad), porque en el amor, se entrega la propia vida a la persona
amada desde la extrema fragilidad que implica el enamoramiento; y si la persona
amada se posesiona y usa de ese poder, entonces la persona amante se siente
utilizada.
A propósito de estas relaciones, el Papa
dice: “Eso no debe darse. Nada debe haber que sea mentira y ocultamiento. Lamentablemente,
en la historia de la Iglesia ha habido, siempre de nuevo, tiempos en los que
han aparecido y se han difundido tales situaciones, precisamente cuando, de
alguna manera, se encuentran en la línea del clima espiritual de la época. Por
supuesto, se trata también de un desafío especialmente urgente para todos
nosotros. Cuando un sacerdote cohabita con una mujer hay que verificar si
existe una verdadera voluntad matrimonial y si podrían formar un buen
matrimonio. Si así fuese, tienen que seguir ese camino. Si se trata de una
falta de la voluntad moral pero no existe una real vinculación interior, hay
que intentar encontrar caminos de sanación para él y para ella”.
Una experiencia así me parece que ha de
evolucionar a un replanteamiento vocacional: o veo que este no es mi camino, o
profundizo en mi vivencia más unificada y cualificada de mi vocación. Dice más
adelante el Papa: “El problema fundamental es la honradez. El segundo problema
es el respeto por la verdad de esas dos personas y de los niños a fin de
encontrar la solución correcta”.
Y efectivamente, el “clima espiritual” de
nuestro tiempo favorece relaciones así, sin compromiso humano, sólo para llenar
las carencias.
También en las relaciones entre nosotros y
con otras personas se pueden dar casos de dependencias afectivas del segundo
tipo, que en el fondo pueden estar encubriendo carencias afectivas o
sensualidad bajo la apariencia de amistad. A mayor inmadurez, mayor facilidad
de caer en esos juegos y confusiones. Quizá por eso, cuando la mayoría entraba
al noviciado en plena adolescencia, había tanto temor y reprobación de las amistades
particulares. En la formación –o aún después– pueden seguir sucediendo fenómenos
semejantes, expresados en la necesidad de pasar mucho tiempo con un amigo o las “filias y fobias” o la expresión más
colectiva de esto en la formación de grupos cerrados con cualquier signo.
También, de adultos hacia jóvenes (y recibido por jóvenes con esas necesidades)
estas dependencias/protecciones afectivas, toman la forma de “padrinazgos”, o
funcionan bajo el esquema de tener “protegidos”, “preferidos”, o de confiar intimidades
que son más bien para compartirlas con un par (y que en el fondo buscan dejar
atado al otro a mí, a mis posturas, etc.), o de hacer regalos especiales.
Ciertamente necesitamos tener relaciones
de comunicación e intimidad entre nosotros y con otros hombres y mujeres, pero
la dependencia o la necesidad de estar tanto tiempo junto con otra persona
puede indicar un encantamiento que polariza a la persona y que después, puede
terminar en conflicto o enamoramiento. Ahí necesitamos crecer.
5. PERTENECER A ESTA IGLESIA, TERCER
GRADO DE HUMILDAD.
En las Cartas del diablo a su sobrino,
Escrutopo aconseja a su sobrino Orugario, sobre cómo recuperar al hombre que
tiene a su cargo para conducirlo al “Padre de las Tinieblas” y que recién se ha
convertido al catolicismo: “En la actualidad, la misma Iglesia es uno de
nuestros grandes aliados”… Haz “que el pensamiento de tu paciente pase
rápidamente de expresiones como "el cuerpo de Cristo" a las caras de
los que tiene sentados en el banco de al lado”... que oiga como uno desafina,
vea la papada del otro y el modo extravagante de vestir de aquél. Así, “el
paciente creerá con facilidad que, por tanto, su religión tiene que ser, en
algún sentido, ridícula”.
Si, además dan motivos reales para que el
paciente se sienta decepcionado, entonces, continúa Escrutopo… “…tu trabajo
resultará mucho más fácil. En tal caso, te basta con evitar que se le pase por
la cabeza la pregunta: "Si yo, siendo como soy, me puedo considerar un cristiano,
¿por qué los diferentes vicios de las personas que ocupan el banco vecino habrían
de probar que su religión es pura hipocresía y puro formalismo?" Te preguntarás
si es posible evitar que incluso una mente humana se haga una reflexión tan evidente.
Pues lo es, Orugario, ¡lo es! Manéjale adecuadamente, y tal idea ni se le pasará
por la cabeza. Todavía no lleva él tiempo suficiente con el Enemigo como para haber
adquirido la más mínima humildad”.
Comienzo con esta larga referencia, porque
la pederastia de clérigos pone en un primer plano a la realidad de la Iglesia y
a la vivencia de la sexualidad en ella. Como dice Escrutopo, creemos que
“nuestra religión es en algún sentido ridícula”. Al menos yo a veces sí me
siento como fuera de lugar con nuestros planteamientos católicos sobre la
sexualidad. Creo que esto es así, en parte porque tenemos una propuesta
contracultural, pero también porque no sabemos cómo proponerla y vivirla, de
tal manera que diga lo que efectivamente queremos que diga: que Dios es Amor,
que todos los hombres y mujeres fuimos creados a su imagen, que en la
sexualidad se expresa lo más íntimo de la persona y que eso es muy fácilmente corruptible,
manipulable, comercializable.
Ante el hecho de que “el sexo es más
fuerte que el hombre”, dice González Fáus que… “la solución de “bajar el
listón”
es comprensible; pero quizá sólo sea la más facilona. Puede que no sea más que
un hacer de la necesidad virtud, que cosecha consecuencias no previstas ni
pretendidas… La opción de “elevar el listón” (que podría ser la que da sentido
a la moral que predica la Iglesia) es también perniciosa cuando se presenta
como mera exigencia moral, porque deja al hombre inerme y culpabilizado”. “Que
sólo una especie de “fuerza mística” (aún con todos sus riesgos de falsificaciones)
puede capacitar al hombre para afrontar el problema del sexo. Mientras que,
curiosamente, lo que más falla en el lenguaje eclesiástico es la capacidad para
comunicar algún tipo de experiencia mística – humana o religiosa”.
Levantar el listón está bien; es reconocer
la fuerza del sexo sobre nosotros mismos, es cuidar las puertas de los
sentidos. Lo anterior es necesario para reconocer el valor de cada persona y no
dispersarnos. Pero hacerlo en forma moralista -es decir sin el sentido profundo
de por qué se hace y queriendo imponerlo a los demás- sí que es ridículo. Los
abusos dejan aún más en claro que nuestro moralismo no sirve o que puede dar
lugar a esa doble moral. Necesitamos de esa “fuerza mística” para que “elevar
el listón” en verdad sea contracultural y nos humanice a todos; a nosotros con la
castidad y a los demás en su estilo de vida.
El segundo tema que trata Escrutopo es el
hecho de que, además de sentir que “nuestra religión tiene algo de ridícula”,
en nuestra Iglesia hay verdaderos pecadores, y en este caso, delincuentes.
¿Cómo voy YO a ser parte de ellos, “solidario” de ellos? Creo que en verdad
todo en nosotros se resiste: ¡Yo no soy de ésos!, queremos decir. Y claro, aquí
viene la pregunta que Escrutopo quiere impedir que nos hagamos: "Si yo,
siendo como soy, me puedo considerar un cristiano, ¿por qué los diferentes
vicios de las personas que ocupan el banco vecino habrían de probar que su
religión es pura hipocresía y puro formalismo?".
Ciertamente hay que hacer un juicio e
impedir que estos abusos sigan sucediendo; pero creo que no es bueno que lo
hagamos desde nuestra “supuesta pureza”, pues en temas del afecto nadie es
inocente. Quizá por eso y a
propósito de estos temas Jesús dice: “el que esté libre de pecado, que tire la
primera piedra” (Jn 8, 3-11). Puede ser que, como los fariseos, yo pueda
arrojar la piedra porque no abuso sexualmente de menores, pero también soy
pecador y todo pecado tiene algo de abuso.
Experimentamos la humillación de
pertenecer a un cuerpo así; pero desmarcarnos de ese cuerpo no sería justo;
pues de la Iglesia también nosotros hemos recibido lo mejor que tenemos: la fe
en Jesús, nuestro llamado a servir al Reino y a sus pobres. Es en obediencia a
ella y a los signos de los tiempos, que la Compañía ha llegado a formular su
misión como el servicio de la fe y la promoción de la Justicia.
Según Ronald Rolheiser, cuando Pablo dice
“Nosotros somos el cuerpo de Cristo”, está diciendo que: “El cuerpo de los
creyentes, como la Eucaristía, es el cuerpo de Cristo de una manera orgánica.
No es una corporación sino un cuerpo; no sólo una realidad mística, sino física;
y no algo que representa a Cristo sino algo que Él es… La Palabra no se hizo
carne y habitó ente nosotros: se hizo carne y continúa habitando entre
nosotros. En el cuerpo de los creyentes y en la Eucaristía Dios todavía sigue
teniendo una piel y puede ser físicamente visto, tocado, olido, oído y
gustado”.
Pero la encarnación fue, y sigue siendo
escándalo. A propósito de los abusos, otro novicio dice: “Sé que los célibes
están manchados, pero no me voy a quedar contemplando la mancha que hay, quiero
abrazar la castidad para entregarme más, para estar más dispuesto a Dios y a
los otros. Sé que necesito siempre seguir creciendo en madurez y mirando a Jesús”.
6. CONCLUSIONES
Creo que el descubrimiento y aún la
publicidad de estos abusos son en verdad algo bueno para nosotros:
1º. Los niños están más protegidos del
abuso de los clérigos y religiosos. Esto es en verdad buena noticia para todos.
2º. Los abusos sexuales a menores expresan
plásticamente lo peor que le puede pasar con su sexualidad, a una persona que
se ha comprometido a vivir en castidad. Quizá antes estén otros abusos e
incoherencias, pero esto va más allá. Nos avisa hasta dónde podemos llegar,
como lo pretende san Ignacio con la contemplación del infierno. San Ignacio
quiere que veamos cómo las pequeñas concesiones pueden ir llevando a la degradación
y que experimentemos la misericordia de Dios y le demos “gracias, porque no me
ha dejado caer en ninguna destas acabando mi vida. Asimismo, cómo hasta agora
siempre ha tenido de mí tanta piedad y misericordia” [EE 71].
3º. Creo que es muy bueno para nosotros,
saber que cualquier abuso sexual hacia un menor de edad, puede y debe ser
castigado. La Iglesia Universal está caminando hacia la tolerancia cero a la
manera de la Iglesia Norteamericana. Es bueno saber a qué atenernos, “para que,
si del amor del Señor eterno me olvidare” [EE 71], la cárcel y la suspensión me
lo recuerde.
4º. Estamos siendo observados. No tenemos
que vivir nuestras relaciones para “dar buen ejemplo”, pero sí para ser el
jesuita que quiero ser y que soy llamado a ser, sí para dar seguridad a las
personas con las que convivo, a las que sirvo, con las que trabajo, etc.
5º. Estos hechos que ponen en tela de
juicio al celibato y a la castidad, son también una oportunidad para
reflexionar y profundizar en la vivencia de la castidad. El “desprestigio” del
voto, nos ayuda a ver que no basta vivirla funcionalmente; pues si así fuera
sería muy probable que la viviéramos como un sacrificio o como una dieta (estado
de excepción que en cualquier momento voy a romper) y no como mi manera de
amar.
6º. Se necesita humildad para pertenecer a
la Iglesia, pero humildad de la buena, de la de los santos. “Humildad es andar
en verdad”, decía Santa Teresa. Humildad no es “abajarnos” desde nuestro
pedestal como si en verdad estuviéramos arriba; es más bien ponernos en nuestro
lugar: el nivel de la tierra (humus). San Ignacio nos invita al tercer
grado de humildad que, aunque sabemos que se refiere a tres grados de amor, usa
la palabra humildad porque así como a nivel social lo mínimo del amor es la justicia,
en nuestras relaciones lo mínimo del amor es la humildad. Sin humildad, nos gana
el poder, el juicio, la descalificación; desde nuestro humus, sí podemos
comprometernos con esta Iglesia y con la vivencia de la justicia en ella. Como
decía Santa Catalina de Siena (que amó a la Iglesia y al Papa y nunca perdió la
libertad para decirle a éste lo que tenía que decirle): “La perla de la
justicia brilla mejor en la concha de la misericordia”. Nosotros también
podemos trabajar por la justicia desde la compasión porque no somos totalmente
puros.
7º. Falta un verdadero diálogo sobre la
sexualidad entre la Iglesia y la gente de hoy. Los abusos de menores de parte
de clérigos, nos pueden ayudar a tratar estos temas con más humildad y
comprensión. También nos exigen expresar más la “fuerza mística” que nos
impulsa a “elevar el listón” en materia sexual y a, aunque sea contracultural,
decir de mejor manera cómo este es un camino verdadero de humanización.
En definitiva de lo que se trata es de
vivir para lo que vivió Jesús y para lo que él nos dijo que vino a nosotros:
“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).
FUENTE: REFLEXIONES IGNACIANAS. CENTRO
IGNACIANO DE ESPIRITUALIDAD, MEXICO. NO 2 MAYO 2011.
“Según el criminólogo Christian
Pfeiffer, del ámbito de los colaboradores de la Iglesia católica proviene
aproximadamente el 0,1 % de los autores de abusos; el 99,9 % proviene de otros
ámbitos. Según un informe gubernamental estadounidense, el porcentaje de
sacerdotes que estuvieron implicados en casos de pedofilia en el año 2008 en
Estados Unidos asciende al 0,03 %. La publicación protestante Christian Science Monitor publicó un
estudio según el cual las Iglesias protestantes de Estados Unidos están
afectadas por un porcentaje mucho más elevado de pedofilia”. BENEDICTO XVI. Luz del mundo. Una conversación con Peter
Seewald. Herder. México 2010, p. 43. Cfr., también KEVIN FLAHERTY, SJ. El
abuso sexual y la Iglesia. Aprendiendo de un escándalo. En Cuadernos de Espiritualidad 131, del Centro de Espiritualidad
Ignaciana. Septiembre 2010. Lima, Perú. p. 22.
“Ahora
bien, uno de cada diez hombres y una de cada cinco mujeres, en Estados Unidos,
ha sufrido abuso sexual, en la mayoría de los casos por parte de miembros o
amigos de la familia. El resto de los casos se divide entre maestros,
entrenadores, deportistas, dirigentes de movimientos de juventud, médicos,
psicoanalistas y religiosos de todas las Iglesias y confesiones. En 1992 hubo
cerca de tres millones de denuncias que aluden a casos de abuso infantil. Una
investigación de 1991 afirma que 7.1 por ciento de los psicólogos y psiquiatras
norteamericanos admiten haber tenido sexo con sus pacientes; 13 por ciento de
los médicos también. Entre 10 y 23 por ciento del clero presbiteriano
estadounidense ha tenido «una conducta sexualizada o contacto sexual con sus
parroquianos, en el marco de una relación profesional»”. JEAN MEYER. El celibato sacerdotal. Su historia en la
Iglesia Católica. Tiempo de memoria, Tusquets Editores. México, 2009, p
271.
El 29 de
diciembre de 2010, François Houtart, sacerdote católico y sociólogo belga,
candidato al premio Nobel de la Paz 2011, ha confesado haber abusado de un
menor, su propio primo, hace cuarenta años. Houtart, de 85 años, es conocido en
algunos círculos como el "papa del altermundismo". Fue profesor de
sociología en la Universidad Católica de Lovaina la Nueva entre 1958 y 1990 y
uno de los impulsores del Foro Social Mundial de Porto Alegre.
“En
nuestras Constituciones, y también, estoy seguro, en el Nuevo Testamento, los
verbos usados son los activos –amar, servir, avanzar, andar, proceder, aspirar,
crecer– todos verbos de acción. La vida espiritual es crecer o disminuir. No
existe el estar parados en un sitio. Si no crecemos, el peso de nuestras
debilidades nos domina. Nosotros crecemos, cambiamos, todo el tiempo. Esto
supone estar continuamente atentos a lo que
sucede a nuestro alrededor, a lo que es
bueno y a lo que no es tan bueno”. ADOLFO NICOLÁS, Discernimiento Apostólico en Común. CIS 122. Roma, 2009, p. 11.
Tener
atado el corazón a alguien, que sea “su” referencia, que “viva pendiente de”…
que esa persona requiera y concentre mis energías afectivas… no es castidad,
aunque no haya sexo, aunque sea mi madre o mi padre. Diferente a tener
responsabilidades para con los padres y diferente a una amistad en la que hay compromiso
hondo y un gran nivel de intimidad.
CG 34,
D.8, 6. Coloquialmente decimos que alguien fue un ángel para nosotros, cuando
ante una necesidad aparece un desconocido que nos auxilia y luego se va.
También amar como los ángeles, me parece que hace referencia a eso: amar,
servir y soltar.
Así me
sorprendió un escolar que al poco tiempo de haber hecho sus votos, ya tenía una
pareja y algunos encuentros fortuitos, en los que “él se daba y las hacía
felices”. –“¿Y el voto de castidad a que te comprometiste?” “–Es que yo lo
entendí así”. “–Pues el día en que los pronunciaste dijiste, según las Constituciones”.
Ese fue nuestro diálogo; obviamente, éste nunca estuvo en la Compañía, sino
sólo en lo que él “había entendido”.
De las
notas personales que tomó Arturo Peraza S.J., Provincial de Venezuela, de la
alocución del P. General en la Asamblea de la CPAL en Asunción, en noviembre de
2010 y compartió con su Provincia.
Aunque sí,
hemos de saber recibir con humilde agradecimiento lo que se nos dé en esas
áreas, y recibido así nos hará mucho bien y lo viviremos como gracia.
Del afecto
podemos decir lo mismo que decía Frankl del placer: “es, y debe continuar
siéndolo, un efecto o producto secundario, y se destruye y malogra en la medida
en que se le hace un fin en sí mismo.” VICTOR FRANKL. El hombre en busca de sentido. Editorial Herder. Barcelona, 1991,
p. 122.
A esto
hace referencia el no. 27, del D.8 de la CG 34. “Las diferencias entre las
diversas culturas y actitudes exigen una sensibilidad especial en este campo.
Los que viajan al extranjero deberían estar atentos a los sentimientos y
actitudes locales en lo referente a las relaciones entre varones y mujeres. No
sería razonable esperar que la gente del país vea su conducta como la verían
sus connacionales en el país de origen. No tenerlo en cuenta puede llevar a dar
un testimonio contrario a los valores que profesan”.
CG 34,
D.8,25. Cfr. D.8,26, que alerta sobre las transferencias y contratransferencias
en el acompañamiento y en la terapia, y sobre las posibles confusiones entre
“las relaciones apostólicas con las de una amistad íntima”.
CPAL.
“Para un ministerio creíble y sano”, Orientaciones de la Conferencia de
Provinciales de América Latina Sobre el abuso sexual de los niños. Noviembre
2006. El documento tiene tres partes: En la tercera, sobre la prevención, desarrolla
lo relacionado con los límites y tiene los siguientes apartados: 3.1. Nuestra respuesta
como miembros de la Compañía de Jesús; 3.2. La selección de nuestros candidatos
a la Compañía y al Ministerio; 3.3. Normas de prudencia para parecer y actuar
adecuadamente en misión pastoral; 3.4. Para proteger nuestra relación pastoral;
3.5. Las manifestaciones de afecto en nuestros Colegios y en otras Obras propias;
3.6. Otros puntos de referencia”.
Su lectura puede ser de ayuda para bajar a
los concretos de los límites que tenemos que poner en nuestras relaciones.
También cfr. página de la Asistencia de USA www.jesuit.org
ADOLFO
CHÉRCOLES. La oración en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.
Colección EIDES no. 49, Cristianisme i
Justícia. Barcelona, Julio de 2007.
Recordemos
lo que decía San Ignacio “[A] un verdaderamente mortificado bástanle un cuarto
de hora para se unir a Dios en Oración”. “Y –agrega el P. Cámara– no sé si entonces
añadió sobre este mismo tema lo que muchas le oímos decir: que de cien personas
muy dadas a la oración, noventa serían ilusas. Y de esto no me acuerdo muy
claramente, aunque dudo si decía noventa y nueve”. LUIS GONÇALVES DA CÂMARA. Recuerdos
Ignacianos. Memorial. Colección
Manresa No. 7. Mensajero – Sal Terrae. [196], p. 149. Si uno está aferrado a su
propio juicio, la oración misma servirá para el autoengaño. Por eso es que se
puede celebrar la Eucaristía y abusar… como dice con mucho dolor Benedicto XVI.
Op. Cit., p. 49.
Así, las
películas de años anteriores, nos parecen muy lentas, o las escenas de
violencia a sexo explícito ya nos parecen más ligeras, etc.
¿Y qué es
lo que amo, cuando te amo a ti? No ciertamente una belleza corporal, ni las
complacencias del tiempo; no el candor de la luz, alimento de mis ojos, ni la
dulzura de las más melodiosas cantilenas. Tampoco la fragancia embalsamada de
las flores y los perfumes, ni el maná, ni la miel, ni los miembros hechos para
el abrazo carnal. Nada de esto es lo que amo cuando amo a mi Dios; y sin
embargo, al amarlo amo alguna luz y voz, algún alimento y olor, alguna manera
de abrazo; porque mi Dios es luz y voz, manjar y olor, alimento y abrazo del
hombre interior que hay en mí. Allí refulge para mi alma una luz que no cabe en
un lugar, y suenan voces que no se lleva el tiempo; lugar donde hay aromas que
no se disipan en el aire y sabores que no se menoscaban por el comer el
alimento. Allí la unión es tan firme que no es posible el hastío. Todo es lo
que amo cuando amo a mi Dios. SAN AGUSTÍN. Confesiones,
Libro X, Capítulo VI, nos. 1 y 2. San Pablo, Buenos Aires 2003, p. 403.
Casi una
experiencia religiosa / Contigo cada instante en cada cosa / Besar la boca tuya
merece un aleluya / Es un una experiencia religiosa.
GONZÁLEZ
FAUS, J.I. Sexo, verdades y discurso
eclesiástico. Aquí y Ahora No. 26. Sal Terrae. Maliaño, Cantabria, 1993, p.
6.
ANSELM
GRÜN. Célibes por amor a la vida. Ed.
Mundo, Santiago de Chile, 1998, p.p. 32-33. También hace referencia al Praktikos 57.
De las
notas personales que tomó Arturo Peraza S.J., Provincial de Venezuela, de la
alocución del P. General en la Asamblea de la CPAL en Asunción, en noviembre de
2010 y compartió con su Provincia. Lo mismo nos dijo en su visita en
Guadalajara, en Adolfo Nicolás en México. Provincia Mexicana, p. 108.
KEVIN FLAHERTY, op. cit., pp. 31 y 32. “Todavía en 1962 Juan XXIII había ordenado
a los obispos ocultar los abusos sexuales; firmó un documento de 69 páginas en
latín, titulado Crimine Sollicitationis, que reclama «estricto secreto»
y amenaza con la excomunión a quien hable del tema. Ese modo de proceder, ciertamente,
no difiere de las conductas de otras instituciones cuando se enfrentan al mismo
problema. Los ejércitos, los movimientos de juventud o deporte y los sindicatos
de maestros protegen a sus agremiados acusados de abusar sexualmente de niños y
adolescentes; del mismo modo muchas madres prefieren considerar que su hija
miente o fábula cuando dice que fue atacada sexualmente por su padre o
padrastro”. JEAN MEYER, p. 271.
Porque,
algo así nos ha sucedido. Culturalmente nos cuesta aceptar que tenemos
autoridad y ejercerla responsablemente. Parece que hasta los padres y madres
renuncian a ella para agradar a los hijos y que éstos los quieran; sin caer en
la cuenta de que los dañan al no enseñarlos a enfrentar la vida, crecer y
aceptar que no lo podemos todo.
LOLA
ARRIETA, Sus heridas nos han curado. Frontera Hegian N° 33.
Vitoria, 2002, pp. 61-66.
LOLA
ARRIETA, pp. 67-78. De este mismo trabajo señalaré las páginas entre
paréntesis.
La
contemplación del Infierno [65-71], que es la propuesta de “pasar por los
sentidos” el “resumen” experiencial hecho de la primera semana, alerta a
nuestra persona y a nuestros propios sentidos, sobre cómo eso que no está
ordenado y nos gusta, puede llevarnos
hasta el “infierno”, es decir al vacío, sinsentido y a la más radical soledad.
“Me sigue
pareciendo válido, el que en esa aceptación del poder del otro comienza algo
muy importante (muy importante, pero también enormemente falsificable; no
olvidemos esto esto)”. GONZÁLEZ FAUS, Op. cit., p. 7.
C.S.
LEWIS. Cartas del diablo a su sobrino.
Carta II. Ed. Andrés Bello, México 2009, pp. 33-36.
“Bajar el
listón” hace referencia a la permisividad, a dejar pasar todo. “Elevar el
listón” quiere decir no dejarnos llevar por el instinto y ponernos límites que
humanicen la vivencia de la sexualidad.
Más que el
juicio desde nuestra “buena conciencia”, ayuda la postura de Jesús que quiere
recuperar a todos, a los fariseos obcecados y escandalizados porque Jesús
curaba en sábado y al paralítico: “mirándolos con ira, apenado por la dureza de
su corazón, dice al hombre: ´Extiende la mano´. Él la extendió y quedó
restablecida su mano” (Mc 3, 4-5). Estamos llamados a conjuntar ira y pena,
contra la simple condena farisaica.