viernes, 9 de marzo de 2012

Reconciliación y nueva evangelización


AUDIENCIA A LOS PARTICIPANTES EN EL CURSO SOBRE EL FORO INTERNO PROMOVIDO POR LA PENITENCIARÍA APOSTÓLICA.
Entre el 5 y el 9 de marzo de 2012 se ha desarrollado en el Palacio de la Cancillería en Roma el XXIII Curso sobre el Foro Interno promovido por la Penitenciaría Apostólica.

Con ocasión de la conclusión del Congreso, a las 12 horas del día de hoy, 9 de marzo de 2012, en el Aula Pablo VI, el Santo Padre Benedicto XVI ha recibido en audiencia a los participantes en el Curso Sobre El Foro Interno, y después del saludo del Penitenciario Mayor, Cardenal Manuel Monteiro de Casto, el Papa ha dirigido a los presentes el discurso que traemos a continuación:


·  DISCURSO DEL SANTO PADRE

Queridos Amigos:
Estoy muy contento de encontraros con motivo del Curso anual sobre el Foro Interno, que organiza la Penitenciaría Apostólica. Dirijo un saludo cordial al Cardenal Manuel Monteiro de Castro, Penitenciario Mayor, que, por primera vez en esta calidad, ha presidido vuestras sesiones de estudio, y le agradezco las cordiales expresiones que ha querido dirigirme. Saludo igualmente a Mons. Gianfranco Girotti, Regente, al personal de la Penitenciaría y a cada uno de vosotros, que, con vuestra presencia, reclamáis a todos la importancia que tiene para la vida de fe el Sacramento de la Reconciliación, haciendo evidente tanto la necesidad permanente de una adecuada preparación teológica, espiritual y canónica para poder ser confesores, como, sobre todo, el vínculo constitutivo que existe entre celebración sacramental y anuncio del Evangelio.
Los sacramentos y el anuncio de la Palabra, en efecto, no deben nunca ser concebidos como separados, sino, por el contrario, “Jesús afirma que el anuncio del Reino de Dios es la finalidad de su misión; este anuncio, sin embargo, no es sólo un ‘discurso’, sino incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar; los signos, los milagros que Jesús realiza indican que el Reino viene como realidad presente y que coincide finalmente con su persona misma, con el don de sí. […] El sacerdote representa a Cristo, el enviado del Padre, y continúa su misión, mediante la ‘palabra’ y el ‘sacramento’, en esta totalidad de cuerpo y alma, de signo y palabra” (Udienza generale, 5 maggio 2010). Precisamente esta totalidad, que hunde sus raíces en el misterio mismo de la Encarnación, nos sugiere que la celebración del Sacramento de la Reconciliación es ella misma anuncio y, por lo mismo, camino que se ha de recorrer para la obra de la nueva evangelización.
¿En qué sentido entonces la Confesión sacramental es “camino” para la nueva evangelización? Ante todo, porque la nueva evangelización saca la savia vital de la santidad de los hijos de la Iglesia del camino diario de conversión personal y comunitaria para configurarse siempre más profundamente a Cristo. Y existe un estrecho vínculo entre la santidad y el Sacramento de la Reconciliación, como ha sido testimoniado por todos los Santos de la historia. La conversión real de los corazones, que es abrirse a la acción transformante y renovadora de Dios, es el “motor” para toda reforma y se traduce en una verdadera fuerza evangelizadora. En la Confesión el pecador arrepentido, gracias a la acción gratuita de la Misericordia divina, es justificado, personado y santificado, abandona el hombre viejo para revestirse del hombre nuevo. Sólo quien se ha dejado renovar profundamente por la Gracia divina, puede llevar en sí mismo, y por eso mismo anunciar la novedad del Evangelio. El beato Juan Pablo II, en la Carta apostólica Novo Millenio ineunte afirmaba: “Una renovada intrepidez pastoral vengo, pues, a pedir a fin de que la pedagogía cuotidiana de las comunidades cristianas sepa proponer de modo persuasivo y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación” (n. 37). Deseo respaldar este llamamiento, en la conciencia de que la nueva evangelización debe hacer conocer al hombre de nuestro tiempo el rostro de Cristo “como misterio de la piedad, aquel en quien Dios nos muestra su corazón compasivo y nos reconcilia plenamente consigo. Es a este rostro de Cristo al que debemos hacer descubrir también por medio del Sacramento de la Penitencia” (ibidem).  
En una época de emergencia educativa, en la que el relativismo somete a discusión la posibilidad misma de una educación comprendida como una introducción progresiva en el conocimiento de la verdad, en el sentido profundo de la realidad, y, en consecuencia, como progresiva introducción a la relación con la Verdad que es Dios, los cristianos están llamados a anunciar con vigor la posibilidad del encuentro entre el hombre de hoy y Jesucristo, en quien Dios se ha hecho de tal manera cercano que se lo puede ver y escuchar. En esta perspectiva el Sacramento de la Reconciliación, que toma sus motivaciones de una mirada a la condición existencial propia y concreta, ayuda de manera singular a aquella “apertura del corazón” que permite volver la mirada a Dios a fin de que entre en la vida. La certeza de que Él está cercano y en su misericordia se fija en el hombre, incluso en quien está comprometido en el pecado, para sanar sus enfermedades con la gracia del Sacramento de la Reconciliación, es siempre una luz de esperanza para el mundo.
Queridos sacerdotes y queridos diáconos que os preparáis para el Presbiterado: en la administración de este Sacramento os es dada, u os será dada la posibilidad de ser instrumentos de un siempre renovado encuentro de los hombres con Dios. Cuantos se dirigirán a vosotros, precisamente pos su condición de pecadores, experimentarán en sí mismos un deseo profundo: deseo de cambio, petición de misericordia, y, en definitiva, deseo de que vuelva a ocurrir, por medio del Sacramento, el encuentro y el abrazo con Cristo. Seréis, por lo tanto, colaboradores y protagonistas de tantos posibles “nuevos comienzos” cuantos serán los penitentes que se os acercarán, teniendo presente que el auténtico significado de toda “novedad” no consiste tanto en el abandono o en la eliminación del pasado, cuanto en el acoger a Cristo y en el abrirse a su Presencia, siempre nueva y siempre capaz de transformar, de iluminar todas las zonas de oscuridad y de abrir continuamente un nuevo horizonte. ¡La nueva evangelización, entonces, parte también del Confesionario! Es decir, parte del misterioso encuentro entre la inexhaustible pregunta del hombre, signo en él mismo del Misterio Creador, y la Misericordia de Dios, única respuesta adecuada a la necesidad humana de infinito. Si la celebración del Sacramento de la Reconciliación fuera esto, si en ella los fieles hicieran experiencia real de aquella Misericordia que Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, nos ha dado, entonces llegarán a ser testigos creíbles de aquella santidad, que es la finalidad de la nueva evangelización.
Todo esto, queridos amigos, se es verdad para los fieles laicos, adquiere todavía un mayor relieve para cada uno de nosotros. El ministro del Sacramento de la Reconcililación colabora en la nueva evangelización renovando él mismo, el primero, la conciencia de su propio ser penitente y de la necesidad de acercarse al perdón sacramental, a fin de que se renueve aquel encuentro con Cristo que, habiéndose iniciado en el Bautismo, ha encontrado una específica y definitiva configuración en el Sacramento del Orden. Este es mi deseo para cada uno de vosotros: la novedad de Cristo sea siempre el centro y la razón de vuestra existencia sacerdotal, a fin de que quien os encuentre pueda proclamar, por medio de vuestro ministerio, como Andrés y Juan: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). De esta manera, toda Confesión, de la que cada cristiano saldrá renovado, representará un paso delante de la nueva evangelización. María, Madre de Misaricordia, Refugio para nosotros pecadores, y Estrella de la nueva evangelización acompañe nuestro camino. Os agradezco de corazón y con gusto os imparto mi Bendición Apostólica.    
[00328-01.01] [Testo originale: Italiano]
Traductor: Iván F. Mejía Alvarez.

Matrimonio, ética sexual y castidad

VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM" DE LOS EXCELENTÍSIMOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA DE LOS OBISPOS CATÓLICOS DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA (REGIONES VII-IX) , 09.03.2012


A las 11,30 de esta mañana, el Santo Padre Benedicto XVI se ha reunido con los Exmos. Miembros de la Conferencia de los Obispos Católicos de los Estados Unidos de América, a quienes está recibiendo en estos meses, en audiencias separadas, con ocasión de la Visita "ad limina Apostolorum" (Regiones VII, VIII y IX).
Después de un saludo de homenaje por parte de S. E. Mons. John Clayton Nienstedt, Arzobispo de San Pablo y Minneapolis, en nombre de los Obispos de la VIII Región, el Papa dirigió a los presentes el discurso que publicamos seguidamente (en inglés):


  • DISCORSO DEL SANTO PADRE


  • Dear Brother Bishops,
    I greet all of you with fraternal affection on the occasion of your visit ad limina Apostolorum. As you know, this year I wish to reflect with you on certain aspects of the evangelization of American culture in the light of the intellectual and ethical challenges of the present moment.
    In our previous meetings I acknowledged our concern about threats to freedom of conscience, religion and worship which need to be addressed urgently, so that all men and women of faith, and the institutions they inspire, can act in accordance with their deepest moral convictions. In this talk I would like to discuss another serious issue which you raised with me during my Pastoral Visit to America, namely, the contemporary crisis of marriage and the family, and, more generally, of the Christian vision of human sexuality. It is in fact increasingly evident that a weakened appreciation of the indissolubility of the marriage covenant, and the widespread rejection of a responsible, mature sexual ethic grounded in the practice of chastity, have led to grave societal problems bearing an immense human and economic cost.
    Yet, as Blessed John Paul II observed, the future of humanity passes by way of the family (cf. Familiaris Consortio, 85). Indeed, "the good that the Church and society as a whole expect from marriage and from the family founded on marriage is so great as to call for full pastoral commitment to this particular area. Marriage and the family are institutions that must be promoted and defended from every possible misrepresentation of their true nature, since whatever is injurious to them is injurious to society itself" (Sacramentum Caritatis, 29).
    In this regard, particular mention must be made of the powerful political and cultural currents seeking to alter the legal definition of marriage. The Church’s conscientious effort to resist this pressure calls for a reasoned defense of marriage as a natural institution consisting of a specific communion of persons, essentially rooted in the complementarity of the sexes and oriented to procreation. Sexual differences cannot be dismissed as irrelevant to the definition of marriage. Defending the institution of marriage as a social reality is ultimately a question of justice, since it entails safeguarding the good of the entire human community and the rights of parents and children alike.
    In our conversations, some of you have pointed with concern to the growing difficulties encountered in communicating the Church’s teaching on marriage and the family in its integrity, and to a decrease in the number of young people who approach the sacrament of matrimony. Certainly we must acknowledge deficiencies in the catechesis of recent decades, which failed at times to communicate the rich heritage of Catholic teaching on marriage as a natural institution elevated by Christ to the dignity of a sacrament, the vocation of Christian spouses in society and in the Church, and the practice of marital chastity. This teaching, stated with increasing clarity by the post-conciliar magisterium and comprehensively presented in both the Catechism of the Catholic Church and the Compendium of the Social Doctrine of the Church, needs to be restored to its proper place in preaching and catechetical instruction.
    On the practical level, marriage preparation programs must be carefully reviewed to ensure that there is greater concentration on their catechetical component and their presentation of the social and ecclesial responsibilities entailed by Christian marriage. In this context we cannot overlook the serious pastoral problem presented by the widespread practice of cohabitation, often by couples who seem unaware that it is gravely sinful, not to mention damaging to the stability of society. I encourage your efforts to develop clear pastoral and liturgical norms for the worthy celebration of matrimony which embody an unambiguous witness to the objective demands of Christian morality, while showing sensitivity and concern for young couples.
    Here too I would express my appreciation of the pastoral programs which you are promoting in your Dioceses and, in particular, the clear and authoritative presentation of the Church’s teaching found in your 2009 Letter Marriage: Love and Life in the Divine Plan. I also appreciate all that your parishes, schools and charitable agencies do daily to support families and to reach out to those in difficult marital situations, especially the divorced and separated, single parents, teenage mothers and women considering abortion, as well as children suffering the tragic effects of family breakdown.
    In this great pastoral effort there is an urgent need for the entire Christian community to recover an appreciation of the virtue of chastity. The integrating and liberating function of this virtue (cf. Catechism of the Catholic Church, 2338-2343) should be emphasized by a formation of the heart, which presents the Christian understanding of sexuality as a source of genuine freedom, happiness and the fulfilment of our fundamental and innate human vocation to love. It is not merely a question of presenting arguments, but of appealing to an integrated, consistent and uplifting vision of human sexuality. The richness of this vision is more sound and appealing than the permissive ideologies exalted in some quarters; these in fact constitute a powerful and destructive form of counter-catechesis for the young.
    Young people need to encounter the Church’s teaching in its integrity, challenging and countercultural as that teaching may be; more importantly, they need to see it embodied by faithful married couples who bear convincing witness to its truth. They also need to be supported as they struggle to make wise choices at a difficult and confusing time in their lives. Chastity, as the Catechism reminds us, involves an ongoing "apprenticeship in self-mastery which is a training in human freedom" (2339). In a society which increasingly tends to misunderstand and even ridicule this essential dimension of Christian teaching, young people need to be reassured that "if we let Christ into our lives, we lose nothing, absolutely nothing, of what makes life free, beautiful and great" (Homily, Inaugural Mass of the Pontificate, 24 April 2005).
    Let me conclude by recalling that all our efforts in this area are ultimately concerned with the good of children, who have a fundamental right to grow up with a healthy understanding of sexuality and its proper place in human relationships. Children are the greatest treasure and the future of every society: truly caring for them means recognizing our responsibility to teach, defend and live the moral virtues which are the key to human fulfillment. It is my hope that the Church in the United States, however chastened by the events of the past decade, will persevere in its historic mission of educating the young and thus contribute to the consolidation of that sound family life which is the surest guarantee of intergenerational solidarity and the health of society as a whole.
    I now commend you and your brother Bishops, with the flock entrusted to your pastoral care, to the loving intercession of the Holy Family of Jesus, Mary and Joseph. To all of you I willingly impart my Apostolic Blessing as a pledge of wisdom, strength and peace in the Lord.
    [00327-02.01] [Original text: English]
    http://press.catholica.va/news_services/bulletin/news/28890.php?index=28890&lang=sp 
  • viernes, 24 de febrero de 2012

    Reflexiones de los miembros de Institutos de Vida Consagrada, que nos convienen también a los esposos laicos...



    LA CASTIDAD EN TIEMPOS DE ABUSOS*.

    Francisco Magaña Aviña, S. J.


    Los abusos sexuales de menores cometidos por algunos sacerdotes, mueven muchas fibras a cualquier persona pero, sobre todo a los sacerdotes y religiosos y, consecuentemente, también a nosotros los jesuitas.
    Mueven a cualquier ser humano, por la indignación ante ese abuso de personas indefensas. También porque la pedofilia y la efebofilia, no son un problema exclusivo del clero, sino de la humanidad[1]. Desgraciadamente los abusos son más comunes de lo que pensábamos. Gracias a Dios –y “desgraciadamente” también gracias a estos abusos perpetrados por quienes se han comprometido a vivir el celibato– tenemos cada vez más conciencia de ello. Pero los abusos suceden en todos los ámbitos: iglesias, escuelas, clubes, y, peor aún, más frecuentemente en el seno de la propia familia[2].
    Cuando se abusa de un ser humano y abrimos el corazón, sentimos que nos lo hacen a nosotros mismos. Si quien abusó es un clérigo o religioso, entonces, la indignación es mayor. Esto es obvio, por la moral sexual católica (y la doblez que viene implicada con el solapamiento o permisividad) y porque es de esperar que la Iglesia y los ministros brinden seguridad a la comunidad –y especialmente a sus miembros con más fragilidad o pequeñez–, y nunca abusos.
    También el escándalo es mayor porque no falta quien aproveche estos casos para sacar otras agendas o resentimientos hacia la Iglesia o sus ministros. Algunos medios parece que se alegran cuando hablan de estos casos. Los medios no tienen conciencia de su propia doble moral: venden sexo y luego se asustan de que también en la Iglesia avance la permisividad sexual que, sin ser la causa directa de los abusos, sí los facilita.
    A nosotros, y a los que quieren unirse a nosotros, esta realidad nos mueve aún más. Nos lleva a hacernos preguntas sobre nosotros mismos, sobre nuestro voto de castidad y sobre la Iglesia. Algunas preguntas nos vienen de fuera y otras de nosotros mismos: ¿Qué relación hay entre abuso y voto de castidad? ¿Qué valor tiene hacer voto de castidad en la actual situación de la Iglesia? ¿Qué nos dice ese voto a nosotros, a la Iglesia en su conjunto y al mundo de hoy? ¿Cómo vivir hoy este voto? ¿Cómo es que pertenezco a una Iglesia en la que sucede esto y que, a veces, ha sido permisiva respecto a esos abusos? ¿Cómo queda manchada mi o nuestra imagen, por pertenecerle a esa Iglesia? ¿Qué tiene que ver con el clericalismo? ¿También entre nosotros los jesuitas mexicanos sucede o puede suceder esto?
    Como jesuita, en este trabajo pretendo dar mi respuesta a estas preguntas. Para eso primero abordaré el tema de la imagen y la necesidad de penitencia a la que nos invita el Papa Benedicto XVI, dado que los escándalos han tocado en un punto muy importante de la imagen de la Iglesia y de nosotros mismos. En segundo lugar trataré, muy apretadamente de la castidad en general; me parece necesario hacerlo pues si sólo nos quedamos con una vivencia funcional del voto y no lo vivimos como nuestra manera de amar, más fácilmente podemos ir caminando hacia algún tipo de abuso. En el tercer apartado trataré sobre la necesidad de poner límites. En la cuarta sección sobre nuestro manejo del poder, y en la quinta sobre la humildad necesaria para pertenecer a cualquier grupo humano y en particular a esta Iglesia. Terminaré con las conclusiones.

    1. IMAGEN Y PENITENCIA.


    Mediante su acompañamiento e investigación con moribundos, Elizabeth Kübler Ross, descubrió las ahora muy conocidas etapas del duelo: primera, la negación y el aislamiento que nos permite amortiguar el dolor; segunda, la ira, la envidia y el resentimiento, ante lo que no puedo dejar de ver que está pasando; tercera, el pacto o la negociación con la gente y con Dios; cuarta, la depresión y en el encerramiento ante lo que ya no se puede seguir negando; y por último, la quinta, que es la aceptación de la pérdida, en la que hay más paz y esperanza, y se empieza a ver lo positivo que puede salir del hecho[3].
    Traigo a colación estas etapas, porque me parece que la Iglesia está pasando por este duelo saludable respecto a su propia realidad e imagen. Es cierto que hay negación, ira, negociación (los culpables son los medios, los pederastas son muy pocos…), depresión (vergüenza pública, aislamiento) y también aceptación.
    Siendo la Iglesia tan diversa, hay sectores estancados en una u otra etapa y otros que van avanzando. Lo bueno es que el Papa ha dado señales de estar en la etapa de la aceptación y asunción de lo que está sucediendo dentro de la Iglesia y que con su postura nos va jalando a todos (por ejemplo, después de la carta a la Iglesia de Irlanda, varios obispos empezaron a hablar abiertamente del tema).
    En varias ocasiones el Papa Benedicto XVI ha dejado ver su proceso de asunción de esta grave problemática dentro de la Iglesia. En su visita a Portugal, decía: "No sólo de fuera vienen los ataques al Papa y a la Iglesia, sino que los sufrimientos de la Iglesia vienen justo del interior de la Iglesia, del pecado que existe en la Iglesia"[4].
    En sus conversaciones con Peter Seewald el Papa da cuenta de su proceso de “duelo”, en donde va del shock, a la aceptación y al aprendizaje, para que esto no vuelva a pasar. “Todo esto ha sido para nosotros un shock y a mí sigue conmoviéndome[5]… Sí, hay que decir que es una gran crisis. Ha sido estremecedor para todos nosotros. De pronto, tanta suciedad. Realmente ha sido casi como el cráter de un volcán, del que de pronto salió unanube de inmundicia que todo lo oscureció y ensució, de modo que el sacerdocio, sobre todo, apareció de pronto como un lugar de vergüenza, y cada sacerdote se vio bajo la sospecha de ser también así. Algunos sacerdotes han manifestado que ya no se atrevían a dar la mano a un niño, y ni hablar de hacer un campamento de vacaciones con niños”[6]. “Pero lo que nunca debe suceder es escabullirse y pretender no haber visto, dejando así que los autores de los crímenes sigan cometiendo sus acciones. Por tanto, es necesaria la vigilancia de la Iglesia, el castigo para quien ha faltado, y sobre todo la exclusión de todo ulterior acceso a niños. Como he dicho, lo que está primero es el amor a las víctimas, el esfuerzo por hacerles todo el bien posible a fin de ayudarlos a procesar lo que han vivido”[7].
    Cuando Peter Seewald le pregunta sobre la coincidencia de la explosión mediática sobre muchos casos de abuso y el Año Sacerdotal, el Papa, dice: “Se podría pensar que el diablo no podía tolerar el Año Sacerdotal y, por eso, nos echó en cara la inmundicia”, pero, “por otra parte, podría decirse que el Señor quería probarnos y llamarnos a una purificación más profunda, de modo que no celebráramos de forma triunfalista el Año Sacerdotal, gloriándonos de nosotros mismos, sino como año de purificación, de renovación interior, de transformación y, sobre todo, de penitencia”. El Papa recupera el concepto veterotestamentario de la penitencia que, dice: “se nos ha perdido cada vez más. Sólo se quería decir cosas positivas. Pero lo negativo existe, es un hecho. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y dejarse cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía también de ese modo. Ahora hay que comenzar realmente de nuevo en espíritu de penitencia, y al mismo tiempo no perder la alegría por el sacerdocio, sino reconquistarla”[8].
    Cuando uno es joven, en su omnipotencia infantil, siente que él no va a envejecer, tener un accidente, enfermar o morir. Creo que eso también le pasa a los grupos, ante problemas y amenazas que se les vienen encima. De igual manera me parece que a nosotros jesuitas nos sucede esto, ante los problemas de los abusos. Es fácil que digamos, bueno, eso le pasó a Maciel, ocurre en estados Unidos por ser una sociedad tal o porque su tipo de legislación… pero después sigue Irlanda, Alemania, Bélgica… y la lista crece. Además, no es asunto de la derecha o la izquierda, pues hemos visto como el abuso no tiene que ver con una línea pastoral o ideología en particular[9]. El abuso ha sido llevado a cabo por seres humanos (aunque sea algo inhumano, como toda injusticia) y también por clérigos, religiosos, jesuitas, etc. Nosotros los jesuitas mexicanos somos todo eso y, obviamente, puede suceder también entre nosotros.
    Eso es algo que hay que aceptar, ya que, como decía Pascal, «si el hombre quiere ser ángel, termina siendo una bestia». En este sentido es importante tomar providencias. Me parece que también nosotros –personal y corporativamente– podemos decir, con Benedicto XVI: “estas terribles revelaciones han sido también un acto de la Providencia, que nos hace humildes, que nos obliga a comenzar de nuevo”[10]. Efectivamente, «todo redunda en bien de los que lo aman» (Rom 8,28). La situación actual de la Iglesia también nos ofrece nuevas posibilidades. La invitación a la penitencia que el Papa y también el P. General[11] nos hacen, me parece pertinente. Sí necesitamos valorar el don de nuestra vocación (toda vocación es un gran don) y estar siempre en camino, pues, como dice el P. General: “La vida espiritual es crecer o disminuir”[12].

    2. CASTIDAD: NUESTRO MODO DE AMAR


    Es obvio que el título de este artículo hace referencia al El amor en los tiempos del cólera de García Márquez. Lo titulé de esa manera, porque así expreso lo que quiero decir en él: nuestra castidad vivida en este contexto marcado por los abusos.
    También, porque la novela habla de los diversos tipos de amor y de sus confusiones; y cuando estamos hablando de castidad estamos hablando de “una forma de amar”. En un diálogo con su madre, en la que ésta dice que se ha vuelto loca por culpa del cólera, Florentino Ariza, le contesta: «Confundes el cólera con el amor». Abordo brevemente, pues, nuestra manera de amar, porque en temas del amor y del afecto, es muy fácil confundirnos; de hecho el abuso es una terrible confusión.
    Además, los abusos –en que también se han visto involucrados jesuitas de diferentes partes del mundo–, y sus revelaciones públicas, nos invitan a profundizar en la vivencia de nuestra castidad. Estos hechos ya estaban en la mente de los jesuitas que elaboraron el decreto sobre la castidad de la Congregación General 34. “Los medios de comunicación han publicado historias sensacionales de infidelidad y de abuso. De todas partes del mundo llueven preguntas sobre el significado y valor de la castidad sacerdotal y religiosa”[13]. En nuestras sociedades cada vez más seculares, la castidad ya no es creída como posible, ni como buena. La castidad es una manera de amar; es un modo de vivir para “amar y servir”. “La castidad es ante todo un don gratuito que llama al jesuita a un seguimiento y renuncia que libra su corazón de tener que buscar relaciones exclusivas y lo arrastra a la caridad universal de Dios hacia todos sus semejantes. Es un don para configurarse con Cristo”[14].
    Como todo en la Compañía, la castidad… “…es esencialmente apostólica. El jesuita no la concibe como orientada exclusivamente a su santificación personal, sino como un llamamiento a unirse a Cristo en su trabajo por la salvación de la humanidad. De acuerdo con todo el propósito de nuestro Instituto, abrazamos la castidad apostólica por ser para nosotros una fuente especial de fecundidad espiritual en el mundo, como un instrumento para un amor más pronto y una disponibilidad apostólica más total hacia nuestros semejantes. Por eso la castidad del jesuita no hace competencia al matrimonio, sino que más bien refuerza su valor. Ambos hacen referencia a un amor y fidelidad más profundos que la expresión sexual y tanto el matrimonio cristiano como la castidad religiosa son realizaciones sagradas, aunque divergentes, de ese amor. Pocos están llamados a la vida de la Compañía, pero, para el que lo está, la castidad sólo tiene sentido como medio que lleva a un amor más grande, a una caridad apostólica más auténtica”[15].
    Cuando decimos que nuestra castidad es apostólica, podemos confundirnos y creer que eso quiere decir que es funcional; que sólo sirve en cuanto “funciona para el apostolado”; es decir para no tener hijos ni una familia que mantener y así poder comprometernos en causas populares, pastorales, académicas, etc., con más movilidad. En verdad se trata de que el Reino de Dios nos urge (no sólo, ni principalmente las tareas) y se “impone” este modo de vivir y amar, como el que más va con nosotros y nos ayuda a ser lo que cada uno es como persona. A nosotros el amor nos urge a vivir de esta manera, como a otros el amor les urge a formar una pareja; a nosotros ese amor nos impide físicamente tener pareja, así como a los eunucos se lo impide su incapacidad física. (Mt 19). Si la castidad fuera solamente funcional, entonces sería más fácilmente compatible con tener pareja o parejas ocasionales.
    La castidad supone en todo y con todo amar y servir. El matrimonio también, pero con la mediación de la pareja. Por supuesto que la castidad no implica que nosotros hayamos de amar a Dios directamente, sin mediación alguna; tenemos la mediación de la comunidad, de un carisma, una misión, amigos y amigas, etc. Todos, laicos, laicas y célibes, hemos de vivir con el corazón indiviso para Dios, pero con diversas mediaciones, como lo dice el primer mandamiento y como lo expresamos en el Principio y Fundamento.
    Este modo nuestro de amar y servir al Reino supone la totalidad de nuestra persona y de nuestra libido, nuestra fuerza vital, nuestra fuerza erótica. Una persona célibe que tuviera una pareja quizá sí podría hacer trabajos muy buenos orientados al Reino, pero lo cierto es que su fuerza vital estaría dividida, a diferencia de una persona casada que, aunque tuviera que “gastar tiempo” en su familia no lo viviría como división, sino como vocación. La castidad no se identifica con el no ejercicio de la genitalidad, (aunque lo supone). Digo lo anterior, porque también podemos encontrarnos personas con voto de castidad, que viven la abstención sexual, pero que tienen atado su corazón a alguna persona, a su familia o hasta a lugares o cosas que en un momento dado pasan de ser mediación del Reino (o que nunca lo fueron) a su foco de su atención.
    “A causa de su castidad, el jesuita puede vivir una disponibilidad apostólica radical. Sus ocupaciones tienen siempre algo de provisional; debe estar dispuesto a los llamamientos de la obediencia para cambiar de sitio y ocupación. Este desprendimiento de la stabilitas, de asentarse dentro de una familia o de un grupo de parientes o incluso de una iglesia, cultura y lugar, es el que caracteriza al jesuita. Es un componente de su obediencia, y es su observancia del celibato por el Reino de Dios la que hace posible su obediencia para la misión. Si esta disponibilidad apostólica no merma su afectividad, es sólo porque su castidad encarna un amor contemplativo que abraza a todos los seres humanos y hace al jesuita capaz y abierto para encontrar a Dios en todas las cosas”[16].
    La stabilitas del corazón en lugares o personas no es castidad pues, si hay división –aunque no haya relaciones genitales[17]–, ni se vive, ni se está en camino de vivir la pureza de los ángeles. “Pero –dice la CG 34– esto no equivale a actuar como si se lamentara tener cuerpo. Más bien está llamado a encarnar en su vida la unidad de visión y la disponibilidad para la misión que según Ignacio tenían los ángeles. Para Ignacio, los ángeles eran ´espíritus enviados a servir´. Vivían en inmediata familiaridad con Dios y servían como ministros de Dios atrayendo a los seres humanos hacia Él”[18].
    Con el ejercicio de la genitalidad y teniendo pareja de cualquier tipo, obviamente tampoco hay vida en castidad, por más que podamos justificarlo. No podemos vivir los votos a modo, como según yo lo entiendo; pues hay un modo en la Iglesia y en este cuerpo al que yo, libremente he querido incorporarme[19].
    A veces en algunas conversaciones sobre vida religiosa, surge la inquietud o la pregunta sobre si debe de cambiar nuestro modo de vivir la castidad. La inquietud brota al ver la nueva percepción de la sexualidad y al hecho de que jóvenes que podrían entrar a la Compañía, no lo hacen por sus dificultades con la castidad. Pero ¿qué hay de fondo en esta pregunta?, ¿qué es lo debe cambiar?, ¿se trata de menguarla o de favorecer la permisividad? Ciertamente la percepción y calificación histórica de la sexualidad se ha modificado pues hay expresiones y áreas de acceso del comportamiento hoy desmitificadas u homogeneizadas en el curso de la vida cotidiana. Pero eso no significa que la vivencia de la castidad debe cambiar simplemente incluyendo comportamientos o expresiones hoy aceptados socialmente. La vivencia de la castidad es otra dimensión que rebasa la lista de lo que se puede y no se puede, como para sentir que queda actualizada desgravando algunos comportamientos; sí en cambio implica redimensionar los elementos de integridad, libertad, respeto a los demás y entrega exclusiva a una misión en el marco de lo que significa una vida religiosa entregada.
    Respecto a que actualmente a causa del voto de castidad pueda estar habiendo menos vocaciones religiosas, iluminan las palabras del P. General: “La Compañía sigue descendiendo en sus números, pero esto que es una realidad que parece se mantendrá por un tiempo más puede ser leído como una amenaza o como una oportunidad. Quizás anteriormente los números de religiosos podían estar algo inflados porque todo el que quería comprometerse seriamente en la vida sólo encontraba en la vida religiosa el camino. Hoy en día la teología sobre el papel de los laicos nos muestra otro camino de compromiso y esto exige de parte de nosotros una redefinición de nuestra identidad. De hecho esa baja en los números está sacando lo mejor de nosotros. Está aumentando la conciencia de que todo jesuita es promotor de vocaciones. El gran problema que tenemos como orden, no son los números sino que estamos distraídos…”[20]
    Quizá muchos sin una clara vocación para vivir la castidad, se hacían religiosos porque era la manera que encontraban de “comprometerse seriamente”. Esto ha cambiado. Quizá nosotros seremos menos, pero se nos pide más “concentración” y más movilidad física y mental, para responder a la misión y para saber apoyar a nuevas formas de vida cristiana con espiritualidad ignaciana que no necesariamente tengan voto de castidad.
    Creo que lo dicho en ese apartado viene al caso porque también nuestro voto de castidad –a propósito de los abusos– está más en cuestión, y estamos siendo observados, sea por los que quieren alegrarse al comprobar que es imposible e inútil, o por los que nos van a exigir coherencia, o por los que nos van a alentar con cariño a pesar de las dificultades y de nuestra propia fragilidad.
    Al plantearse vivir en castidad en la presente situación de la Iglesia y de nuestro país, un novicio dice: “En este contexto, de violencia, de inseguridad, de desvalorización de la sexualidad, de desprestigio de nuestro ser y quehacer, para mí tiene sentido el hacer voto de castidad, pues es una forma de vivir mi afectividad-sexualidad; es un modo distinto de amar, que implica a todo de mi ser: mi tiempo completo, mis virtudes y mis defectos. Tengo fe en que con mi vida vivida así, Dios generará vida, aportará a la construcción del Reino y en algo trasparentará su compasión y misericordia”.

    3. APRENDER SOBRE LA NECESIDAD DE PONER LÍMITES.


    La vivencia de la afectividad supone el reconocimiento de los propios límites; tanto en las relaciones (y en este caso también supone el reconocimiento de los límites de las otras personas), como con las cosas y todo lo que percibimos. Estos dos temas veremos a continuación.

    Los límites en nuestras relaciones

    El rol que jugamos en un colegio, parroquia, obra social, universidad o en cualquier otra misión que se nos encomiende, nos pone en cercanía con la gente; de hecho nuestro apostolado siempre implicará algún tipo de relación interpersonal. Como somos hombres sexuados, todas nuestras relaciones serán precisamente relaciones de hombres sexuados.
    Por eso necesitamos ser muy responsables con nuestras relaciones y con la vivencia de nuestra sexualidad. Como jesuitas, por nuestra vocación y por el voto de castidad, hemos de relacionarnos con la gente para amarla, servirla y para llevarles el mensaje del Reino de Dios; y no buscar esas relaciones para llenar nuestras necesidades afectivas de reconocimiento, cariño, aprecio, valoración…[21] y menos aún para que satisfagan nuestras necesidades propiamente sexuales.
    Unas relaciones centradas en el otro y vividas desde nuestra identidad y misión, sí van a alimentar a nuestra afectividad, pero, sólo “por añadidura” (Mateo 6:33)[22]. Como dice la CG 34: “Los ministerios producen una conciencia de Cristo que no se encuentra fuera de esta experiencia apostólica, del Cristo al que nos unimos como instrumentos regidos por la mano de Dios. La gracia por la que caminamos en fidelidad hacia Dios es la misma por la que procuramos "ayudar a la salvación y perfección de las (ánimas) de los prójimos". Más aún, la castidad forma parte de la manera que hemos escogido para relacionarnos con los demás. La satisfacción y gozo que provienen de la experiencia apostólica refuerzan a su vez el significado de la castidad que hace posible esta vida apostólica. Esto sucede especialmente en los ministerios con los oprimidos y los pobres. En todo caso, el apoyo mutuo entre la castidad y las tareas apostólicas del jesuita es posible sólo si se trabaja desinteresadamente y sin orientar el trabajo pastoral a su autopromoción”[23].
    Si nos relacionamos interesadamente y buscando autopromoción podemos ir confundiendo el amor (y la castidad, pues ese es nuestro modo de amar) con otras cosas, y posiblemente caminando hacia algún tipo de abuso; quizá no el abuso a menores, pero sí aquel tipo de abuso que sea tentación para cada quien[24].
    Me parece que estos abusos que tanto nos han herido son un llamado a reflexionar en la verdad de nuestras intenciones y en el tipo de relaciones que tenemos con la gente con la que hacemos equipo y a la que servimos; un llamado a ser transparentes con nosotros mismos sobre cómo quedan involucrados nuestros sentimientos y nuestras fantasías afectivas y sexuales en todas nuestras relaciones. Sólo así podremos tener un manejo creativo de ellas, en la misma línea del tipo de vida por el que hemos optado. ¿Por qué abrazo?, ¿por qué acaricio?, ¿por qué paso más tiempo con esta persona? ¿En todo eso amo o me busco a mí mismo? ¿Me pregunto y estoy atento a que mi amor y mis intenciones sean recibidas y entendidas, o sólo me quedo con la buena conciencia de que yo lo hago limpiamente[25]? No se trata de hacernos estas preguntas obsesivamente pero creo que hacérnoslas en general o sobre la dinámica de algunas relaciones en particular podría ayudarnos a amar más, según el tercer binario y la tercera manera de humildad.
    Por eso, el mismo decreto sobre la castidad dice que “la Compañía espera de cada jesuita no solo fidelidad a los votos, sino también los signos públicos normales de esta fidelidad”; es decir un comportamiento profesional, con respeto a los límites y que descarte “toda ambigüedad sobre nuestras vidas, de forma que aquéllos a quienes servimos puedan fiarse instintivamente de nuestro desinterés y fidelidad”[26]. Con esta intención la CPAL ha hecho el documento, “Para un ministerio creíble y sano”[27], que da pautas sobre qué hacer en caso de que un jesuita cometa un abuso sexual y medidas de protección, en donde baja a lo concreto de los límites que necesitamos tener en nuestras relaciones.

    Las puertas de los sentidos.

    En una nota, la Congregación General 34 dice: “Sería provechoso adaptar y aplicar ciertas directrices de los Ejercicios Espirituales a la decisión de poner orden en las múltiples influencias culturales que rodean al jesuita siempre que éstas resulten desordenadas. Por ejemplo, las "Reglas para ordenarse en el comer" [EE 210-217] que Ignacio coloca en la Tercera Semana y "la primera manera de orar", ya que tiene que ver con los "cinco sentidos del cuerpo" [EE 238-248]”[28].
    Esto podría ser tema de otro trabajo, pero creo que vale la pena decir algo en esta línea, para que nos ayude a tomar conciencia de nuestras limitaciones y posibilidades y vivir mejor nuestra castidad en estos tiempos.
    Las intuiciones sobre la sensibilidad en los ejercicios de Adolfo Chércoles[29] nos pueden ayudar a hacer esto que nos sugiere la Congregación. Según él, San Ignacio sabe por su propia experiencia, que en la sensibilidad nos lo jugamos todo. No somos lo que pensamos ni lo que nos emociona o entusiasma en un momento: somos nuestra sensibilidad.
    La praxis está más ligada a la sensibilidad que a la inteligencia o a la emotividad, pues nosotros somos muy conscientes de que no hacemos lo que sabemos que tenemos que hacer. ¿Por qué nos sucede esto? Porque nuestra sensibilidad tiene una dirección y hemos
    de reconocer esa dirección (primera manera de orar), “reeducar” a nuestra sensibilidad (contemplaciones, repeticiones, resúmenes y “pasar por los sentidos”), para vivir más unificadamente toda nuestra sensibilidad desde el seguimiento de Jesús y desde nuestra propia vocación (“cuidar las puertas de los sentidos” y “reglas para ordenarse en el comer”):

    a) Primer modo de orar [EE 238-248].

    El primer modo de orar, más que una manera de orar nos prepara y dispone para que nuestra “oración sea acepta” [EE 238,3]. La Intuición de Adolfo Chércoles, es que San Ignacio pretende que antes de hacer ejercicios, tomemos conciencia de la estructura de nuestro yo pues, si no, nuestra oración será ilusa[30]. El ejercitante debe reconocer en dónde está; por eso empieza primero preguntándose por su visión del mundo (los diez mandamientos), sus hábitos (7 pecados mortales y 7 virtudes contrarias), el uso de sus capacidades, o “el laboratorio” en donde procesa todo que recibe de fuera (tres potencias del alma: memoria, inteligencia y voluntad) y nuestra sensibilidad (los cinco sentidos corporales).
    Hay que llegar hasta los sentidos, pues es desde la sensibilidad desde donde actuamos connaturalmente, sin necesidad de pensar cada movimiento, a la manera de un chofer al conducir o un músico al interpretar. Se trata pues de caer en la cuenta de cómo actuamos connaturalmente y de que la manera en que veo, toco, hablo, me visto, camino, huelo… no son ingenuas, sino que efectivamente tienen una dirección. ¿Cuál es esa dirección?
    De niños, todo lo aprendimos por los sentidos, viendo y volviendo a ver a los adultos. No entendíamos pero la repetición nos fue incorporando gestos, modos, a lo masculino, lo femenino, el machismo, el sexismo, el cariño, el poder, a acariciar, a golpear, los gustos estéticos y morales… desde ahí actuamos sin mucho pensar. Hace falta llegar hasta los sentidos o, de lo contrario, ignoraremos que desde ahí nos queda sesgada la lectura de todo; por eso Jesús hablaba en parábolas: “porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden”… y la causa de esta ceguera y sordera es que “se ha embotado el corazón de este pueblo; han hecho duros sus oídos y sus ojos han cerrado” (Mt 13,13-16; Is 6,10; 32,3). Ante un corazón embotado (visión de la realidad, hábitos y laboratorio ya muy prejuiciados), Jesús tiene que apelar a las experiencias sensibles (las parábolas), reales, no ideologizadas, pues a los prejuicios sólo los desmonta la realidad: la contundencia de un hecho no puede discutirse. En temas de sexualidad y afectividad la sensibilidad siempre ha tenido un papel muy importante; y ahora aún más, porque el sexo y la valía personal se han hecho, además de mercancía, objeto de la propaganda, y cada vez van subiendo los estándares de, por ejemplo, el tipo de escenas eróticas en una película, un comercial, etc.[31]
    Se trata, pues, de tener una sana sospecha sobre nuestra “buena conciencia” y buena intención; y la claridad de que todo nos lo jugamos en la sensibilidad. No es que no debamos tener “sentimientos negativos”; se trata más bien de que tengamos conciencia clara de ellos: “El jesuita no tiene por qué avergonzarse de sentir tentaciones y deseos de comportarse en desacuerdo con sus compromisos. Pero sí debe buscar ayuda al tratar de dominarlos”[32].
    Y, ¿cómo los vamos a dominar? Según la propuesta ignaciana, modificando nuestra sensibilidad. ¿Y cómo puede ser modificada nuestra sensibilidad? Este es nuestro siguiente apartado.

    b) Contemplar, repetir, resumir, pasar por los sentidos.

    En las contemplaciones de los ejercicios San Ignacio, nos pone, como niños, a contemplar con los ojos bien abiertos a las personas mayores. Pero aquí, nuestros mayores son Jesús, la Trinidad, la Virgen María, los apóstoles (y también la humanidad que sufre y goza). Percibiendo con todos los sentidos bien abiertos, poco a poco, por repetición – aunque, como los niños, no lo entendamos–, se nos va “pegando” lo percibido. De tanto, ver, oler, gustar, tocar y oír, lo contemplado va impactando nuestra sensibilidad de tal manera que ésta quede marcada. Desde esta experiencia van siendo renovados el uso de nuestras potencias, nuestros hábitos y nuestra visión del mundo (y no al revés como muchas veces intentamos, sin grandes frutos). Así pues, nuestra afectividad va siendo tocada, no con nuestras sesudas reflexiones de adultos sino poniendo en juego a nuestras partes más infantiles (desde las que lloramos, reaccionamos con miedo o con arrojo, con odio o empatía, con gusto o rechazo… desde las que, en definitiva, actuamos en lo cotidiano y no sólo en las grandes decisiones).
    Lo que hacemos nos tiene que gustar, o terminaremos esquizofrénicos, divididos, dedicando un tiempo para trabajar (con puro desgaste afectivo, pues hago lo que no me gusta) y otro para darme mis gustos. Por eso San Ignacio, en el momento crucial de los coloquios en la meditación de los tres binarios, nos pone esta nota: “Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha, para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad” [EE157].
    Se trata de desear esto, de que nos guste; no sólo de soportarlo pues, si no, será algo que haremos excepcionalmente o por heroísmo… Podremos acercarnos a un enfermo que huele mal, pero tapándonos la nariz, y ese gesto no será bueno para nadie. Y obviamente si no vivimos así, buscaremos “el refugio del guerrero” que suele ser un abrazo sólo para mí, o un lugar para vivir burguesamente, o cualquier otra cosa, en donde sí haré lo que me guste y a lo que “tendré derecho” después de tantos trabajos. Necesitamos aprender a usar nuestros sentidos y, desde una unificación personal, también ver a las demás personas unificada y totalmente, de tal manera que podamos ver a un cuerpo atractivo sin dividirnos ni dividirlo; es decir, verlo no sólo como un cuerpo sino como la presencia de una persona hecha a imagen y semejanza de Dios con un cuerpo que además me atrae. Es lo que nos pide San Ignacio en el número 250 de las constituciones que veremos posteriormente: “en manera que considerando los unos a los otros crezcan en devoción y alaben a Dios nuestro Señor, a quien cada uno debe procurar de reconocer en el otro como en su imagen”. Pero a Él en todo, a la manera por ejemplo de San Agustín[33] y no quedando atrapado en una relación o, peor aún, en un cuerpo, como la “experiencia religiosa” que cantaba Enrique Iglesias[34]. Recordemos que para San Ignacio devoción es la capacidad de encontrar a Dios en todo.
    Este proceso no es algo que se consigue rápidamente, como tanto deseamos; es más bien un estilo de vida. Por eso dice San Ignacio: “Quien quiere imitar en el uso de sus sentidos a Cristo nuestro Señor, encomiéndese en la oración preparatoria a su divina majestad, y después de considerado en cada un sentido, diga un Avemaría o un Páter noster; y quien quisiere imitar en el uso de los sentidos a nuestra Señora, en la oración preparatoria se encomiende a ella, para que le alcance gracia de su Hijo y Señor para ello, y después de considerado en cada un sentido, diga un Avemaría”. [EE 248].
    Hay que hacerlo constantemente. Recordemos que en ejercicios, la oración preparatoria la hacemos cinco veces al día, durante 30 días… y después en la vida cotidiana.

    c) “Cuidar las puertas de los sentidos” [Const. 250].

    Con esta imagen Ignacio busca reflejar el papel de los sentidos en la manifestación del hombre/mujer interior hacia fuera y en la manera de filtrar la percepción externa hacia el interior. En efecto, para él los sentidos son un tránsito de doble dirección: por una parte captan y dejan pasar los estímulos que reciben de la realidad y, por otra, reflejan muy expresivamente el modo como han quedado archivadas dichas percepciones en el corazón.
    Si con el primer modo de orar ha quedado al descubierto cómo vivimos nuestra sensibilidad, cómo nuestros sentidos –o mejor dicho, los filtros desde los cuales “leemos” lo percibido– nos ponen (o no nos ponen) en contacto con la realidad y con Dios. Si con las contemplaciones, repeticiones, resúmenes y aplicación de los sentidos, poco a poco nuestros sentidos van aprendiendo de Jesús y ya no se limitan a sólo ver, oír, oler, gustar y tocar –que pueden ser respuestas sólo mecánicas–, sino que han aprendido además a mirar, escuchar, saborear, acariciar y besar, entonces, ahora necesitamos primero cuidar nuestros sentidos y luego preguntarnos qué expresamos en nuestros actos y con nuestra presencia.

    1º. Cuidar nuestros sentidos.

    “Todos tengan especial cuidado de guardar con mucha diligencia las puertas de sus sentidos (en especial los ojos y oídos y la lengua) de todo desorden” [Const. 250,1].
    San Ignacio nos dice esto porque sabe que lo que viene de fuera tiene un gran impacto en nosotros. Lo que vemos, lo que comemos, lo que olemos, nos deja su marca. Ciertamente no somos responsables de ese impacto, pero sí de lo que posteriormente hagamos con ese impacto y de qué tanto nos exponemos a las cosas que nos marcan.
    En las tres primeras reglas para ordenarse en comer [EE 210-212], San Ignacio centra su atención, más en la cosa que nos desordena (“el manjar”), que en nuestro desorden mismo. No es que San Ignacio piense que el mal nos venga de fuera; él sabe que, “del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo e insensatez. Todas estas maldades de adentro salen, y contaminan al hombre (Mc 7,21-22). Lo que está diciendo es que –yendo contra nuestra omnipotencia narcisista– las cosas pueden llegar a tener un poder sobre nosotros, y que nos toca reconocer ese poder y poner medios para no sucumbir a aquello ante lo que somos frágiles. El lenguaje lo dice: “ese pastel es irresistible”; con eso decimos que si estoy ante él, lo que voy a hacer es comérmelo, a pesar de todos mis propósitos. Con nuestros deseos afectivos y sexuales pasa lo mismo que con el hambre y la sed (nuestro deseo primario, que además fue satisfecho junto con afecto por el pecho de nuestra madre). Conviene traer aquí aquello que dice González Fáus: “La fuerza del sexo es, por lo general, superior al hombre y desautoriza esa pretensión de la razón ilustrada que se cree capaz de dominar todas las dimensiones humanas”[35].
    La CG 34 nos recuerda: “El discernimiento y la autodisciplina son indispensables para guardar fielmente la castidad. La cultura popular contemporánea está muy influenciada por la propaganda comercial, la publicidad y la explotación lucrativa de las sensibilidades sexuales. El entretenimiento excesivamente pasivo puede crear hábito y lasitud. En este contexto, el jesuita debe mostrarse críticamente consciente. Las directrices de Ignacio y la experiencia secular de la Compañía confirman que hace falta realismo, discernimiento y abnegación para resistir a los numerosos factores del mundo contemporáneo que invaden nuestra vida”. “La discreción religiosa debe aplicarse a todos los elementos de nuestra vida, incluida la práctica del examen de conciencia y la mortificación y custodia de los sentidos. En concreto, debe medir los influjos que se admiten a través de diversiones, televisión, videos, lecturas, recreo y viajes, así como las relaciones personales. Para vivir una vida íntegra, uno debe preguntarse con realismo si este o aquel influjo o práctica fortalece o debilita la castidad y su testimonio público”[36].
    Llama la atención, cómo la Congregación insiste en el realismo; porque a veces, en nuestra “ingenuidad” nos dejamos invadir y luego somos controlados desde dentro. ¿Cómo quiero vivir integradamente mi afectividad y con toda mi “fuerza erótica” concentrada en amar y servir, si me lleno de tantas imágenes que me habitan y distraen de lo importante, y luego me llevan a concentrarme o en “controlar” mi sexualidad o en vivirla desordenadamente? Ya los antiguos monjes sabían cómo lo que ahora llamamos subconsciente es alimentado y luego se expresará hasta en los sueños. Evagrio Póntico en el número 55 del Praktikos afirma que: "Sucesos naturales durante el sueño que no van acompañados por imágenes convulsionantes, no indicarían que el alma estuviera enferma. Pero cuando aparecen imágenes, esto es un indicio que el alma no está sana."
    Anselm Grün, de quien tomé esta cita, la explica así: “Eyaculación nocturna sin imágenes turbulentas del sueño es considerada por Evagrio como normal. Pero hace hincapié en que el demonio de la lujuria aguijonea muchas veces en el sueño nuestra fantasía y la convulsiona. En consecuencia, por el sueño podemos conocer hasta dónde hemos llegado con la integración de la sexualidad. Cuando es realmente integrada, entonces se manifiesta en un profundo anhelo del Dios infinito y en una energía casi inacabable[37].
    Obviamente no se trata ni en este tema, ni en el de la masturbación y ni en general en nuestra sexualidad[38], de hacernos escrupulosos “cuidadores de nuestra pureza”, sino de ayudarnos y hacernos responsables para vivir más unificadamente y concentrados en lo importante.
    El Padre General dice: “El gran problema que tenemos como orden, no son los números sino que estamos distraídos. Esto ya aparece en los clásicos como San Juan de la Cruz, Sta. Teresa de Ávila, San Ignacio o San Francisco Javier. Somos buenos, pero estamos distraídos. No hay maldad, ni clara infidelidad en la mayoría. Falta fuego y esto porque estamos distraídos. Nos falta concentrarnos en Cristo. Son muchas las distracciones: Estima propia, buen nombre, relación con los superiores, internet, ideologías, teorías teológicas u otras cosas que son secundarias nos separan de lo principal. Tenemos gente herida que vive guindada en hechos del pasado: que si me permitieron o no estudiar lo que quería, que si tengo o no determinados títulos, que si estoy peleado con un compañero, heridas con superiores o formadores. Esto llega al punto de que se habla de heridas que han durado 30 o 40 años y no se sanan. Están distraídos. Lo propio de los santos es que están concentrados. Eso le permite vivir con humor, porque uno está centrado y lo demás lo deja de lado”[39].
    Hemos pues, de cuidar las puertas de los sentidos, pero también hacernos conscientes de lo que expresamos en todo; este es el segundo punto.

    2º. Preguntarnos qué expresamos en todo: comer, vestir, caminar, saludar, hablar, callar, abrazar, descansar.

    Continúa el 250 de las Constituciones: “… y de mantenerse en la paz, y verdadera humildad de su ánima, y dar de ella muestra en el silencio, cuando conviene guardarle; y cuando se ha de hablar, en la consideración y edificación de sus palabras, y en la modestia del rostro, y madureza en el andar, y todos sus movimientos, sin alguna señal de impaciencia o soberbia, en todo procurando y deseando dar ventaja a los otros, estimándolos en su ánima todos como si les fuesen Superiores, y exteriormente teniéndoles el respeto y reverencia que sufre el estado de cada uno, con llaneza y simplicidad religiosa; en manera que considerando los unos a los otros crezcan en devoción y alaben a Dios nuestro Señor, a quien cada uno debe procurar de reconocer en el otro como en su imagen”. [Const. 250,2-5].
    Con esto Ignacio no busca que los jesuitas construyamos una imagen afectada o mojigata, sino que expresemos lo que llevamos dentro y que además, estemos atentos a expresarlo. Lo que existe es lo que se objetiva; el resto queda en el campo de las intenciones; por eso, además de ser castos, también hay que parecerlo. Esto obviamente tiene un impacto apostólico, pero también hacia adentro de nosotros mismos y hacia la vivencia de nuestra sexualidad.
    Si con la primera parte de “guardar las puertas de los sentidos”, San Ignacio quiere que cuidemos lo que entra en nosotros, en esta segunda nos invita también a cuidar lo que sale; tanto para estar atentos a que todo en nosotros diga la experiencia de Dios por la que vivimos en castidad, como para ver qué otras cosas también estamos expresando (como veíamos en el primer modo de orar).
    Así pues, viendo nuestra manera de relacionarnos y de estar en el mundo desde este número de las Constituciones, podríamos hacernos preguntas como ¿qué expresa mi trato con las personas, mi manera de vestir, mi manera de caminar, mi porte, mi cuerpo, mi manera de hablar, de dirigir, de secundar, de comer, de consumir…? ¿Seducción, lujo, distancia, aceptación, machismo, femineidad, poder, gracia, control, amor, sencillez, sofisticación, protección, necesidad de que me cuiden, debilidad, fuerza, necesidad de aplauso, prepotencia, superioridad, horizontalidad…? Mis criterios, mis gustos, ¿expresan y refuerzan a esta forma de amar que yo escogí?
    San Ignacio nos transmite una visión no disociada de la persona sino unificada. En sus términos podríamos decir que lo espiritual y los sentidos corporales o van como “un solo hombre”, hacia la Voluntad de Dios… o no vamos para ningún lado.
    En resumen, los sentidos también deben ser cuidados pues han de expresar lo que llevamos dentro; hemos de hacernos conscientes de que hay cosas que tienen poder sobre nosotros y cuidarnos, y por último, nuestra vida espiritual no puede estar desligada de todo lo demás, de qué y cómo comemos, vemos, compramos, hablamos… Lo contrario sería espiritualismo.

    4. MAYOR CONCIENCIA DE NUESTRO PODER Y DE LO QUE HACEMOS CON ÉL.

    “…por esa vinculación tan estrecha entre sexualidad y deseo, es posible comprender la sospecha que anida en muchas cabezas humanas de que la persona que ha logrado separar sexo y deseo, será porque ha potenciado desfavorablemente en su psiquismo otros de los grandes campos del deseo humano: la riqueza o el poder. O con otras palabras: el célibe tiene muchos números de la rifa para convertirse en avaro o dictador. Estará amenazado de ser un negociante que, a lo mejor, hasta se enriquece con el deseo de los demás), o de ser una personalidad autoritaria (que goza prohibiendo el placer a los demás). En cualquier caso, sería bueno que los eclesiásticos no olvidáramos estas semánticas tan sencillas, porque algo de eso puede pasar efectivamente con la castidad, si ésta no consigue ser auténtica”[40].
    Empiezo este apartado con la cita de González Fáus, porque nos hace caer en la cuenta de cómo, como célibes, podemos caer en abusos de poder y de codicia. En verdad los tres votos van juntos; pues tenemos una única fuente vital que nos hace desear y que si está dispersa, buscará sus caminos. También nos puede ayudar a considerar cómo el poder, mezclado con una sexualidad no integrada, es un factor muy importante que nos predispone para el abuso, y nosotros, todos, ciertamente tenemos algún tipo de poder.

    Clericalismo y jesuitismo

    A propósito de la clausura del año sacerdotal, el P. General nos decía a los jesuitas: “¿Cómo entender y vivir nuestro sacerdocio -especialmente aquellos de nosotros que hemos sido ordenados presbíteros- sin caer en la tentación del clericalismo, de los privilegios, o de fomentar aquellas diferencias que significan poder o una posición social superior? ¿Cómo podemos ser testimonio de una vida gozosa de servicio sencillo, que imite al Jesús que lava los pies? ¿Hasta qué punto la celebración de la Eucaristía es central, reverente y transformadora de nuestra vida diaria? ¿En qué necesitamos crecer? ¿En qué necesitamos reformarnos?”[41]
    Me parece que, en general, nosotros los jesuitas mexicanos criticamos el clericalismo y “pintamos la raya” respecto de él. Quizá nos lo imaginamos con un determinado modo de vestir y con un explícito uso de Dios o de la religión para obtener privilegios o imponer ciertos criterios morales o derechos propios. Pero las preguntas que nos hace el P. Nicolás centran el tema en los privilegios y en el fomento de aquellas diferencias que significan poder o una posición superior. El jesuitismo es nuestra versión del clericalismo, que, aunque en nuestra Provincia pueda tener un ropaje secular, moderno, postmoderno, o profesional, termina en donde mismo: privilegio, poder, prestigio. Y es precisamente con las preguntas sobre nuestra experiencia de fe por donde el P. General nos indica la salida del clericalismo o jesuitismo: siendo “testimonio de una vida gozosa de servicio sencillo, que imite al Jesús que lava los pies”, en “la celebración de la Eucaristía [que sea] es central, reverente y transformadora de nuestra vida diaria”. Creo que sus preguntas sugieren que por ahí puede ser que necesitemos crecer y reformarnos; así también podremos ser servidores y reverentes ante el misterio de toda persona humana.
    Según Kevin Flaherty, “un elemento que reaparece en los análisis de las causas [de abuso a menores] es el clericalismo que combina el poder, el machismo, un sentido de pertenecer a un grupo selecto, y una supuesta bendición divina que les separan de los demás. Parafraseando la situación del fariseo y del publicano (en Lucas 18, 11), el fariseo se define a sí mismo diciendo: "no soy como los demás hombres"… y más adelante: “El manejo de algunos de los peores casos de abuso nos hace recordar la manera como algunos militares o policías han manejados sus propios escándalos”[42].
    “Lo que hace al clericalismo tan pernicioso es que, como el racismo o el machismo, los que más lo manifiestan, no lo quieren reconocer, tienen sus esquemas y percepciones cerrados y no están dispuestos a escuchar a los que sufren los efectos del sistema”[43].
    Por eso, me parece muy necesario preguntarnos personal y colectivamente por el uso del poder y de los privilegios que tengo o que tenemos nosotros jesuitas de esta obra, por el hecho de ser jesuitas. Porque sí que los tenemos[44]44 y si niego tenerlos, entonces no voy a poder discernirlos, ni a tener la actitud del tercer binario: “tomarlo o dejarlo”, sólo por la mayor gloria de Dios y cuidarme de no usarlos para mi imagen, beneficio o placer.

    El “desnivel” en nuestras relaciones profesionales

    En una nota de pie de página, la Congregación General 34, reflexiona sobre nuestro comportamiento profesional: “Una relación 'profesional' comporta mucho más que la meramente contractual o aun de negocios en cuanto que no tiene lugar, como éstas, entre partes iguales sino desiguales, porque una de las partes tiene competencia y experiencia en su campo, mientras que la otra, el cliente, es ignorante a ese respecto y necesita acudir a la habilidad y competencia del profesional. En ese grado el profesional ocupa muy legítimamente un puesto de poder y autoridad. Actuar 'profesionalmente' comporta no sólo hacer disponible su competencia, sino además no abusar de su relación de poder para manipular al cliente. Comporta objetividad, imparcialidad, sensibilidad y delicadeza, tanto haciendo accesible su competencia como facilitando al cliente la satisfacción de su interés, y no induciendo en el cliente una dependencia del profesional”[45].
    Es muy importante reconocer que hay un desnivel o “desigualdad” en las relaciones maestro-alumno/a, pastor-feligrés, formador-formando, promotor-“promovido/a”, adultojoven, patrón-empleado/a, jefe-subalterno/a, acompañante-acompañado/a, etc. Si vemos esa realidad con culpa[46], pretenderemos que esas diferencias no existen y, en consecuencia, no vamos a discernir ese diferencial de poder que de hecho hay y más fácilmente podremos no reconocer y no respetar los límites propios y ajenos y abusar.
    Abuso también es aprovecharse de una persona atribulada que llega a nosotros para satisfacer cualquier necesidad nuestra, así sea de afecto, reconocimiento, y obviamente en el terreno sexual[47].

    Relaciones afectivas o sexo-genitales abusivas

    Lola Arrieta hace un estudio muy sugerente de las motivaciones para vivir el celibato, utilizando la canción 28 del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz: Mi alma se ha empleado, y todo mi caudal, en su servicio; ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio. Dice que ser célibe para guardar ganado[48] es imaginar que el celibato será la solución a mis heridas, o vivir el celibato con meras motivaciones de sobrevivencia. Es decir, ser célibe para “buscar en todo y por todo la protección afectiva y efectiva”, para “buscar beneficio en todo lo que hacemos” aceptando sólo la realización y sin resistencia a la frustración, o “para salvaguardar la imagen por encima de todo”. Ser célibe con otros oficios [49], hace referencia a “situaciones vocacionales en las que encontramos pérdida de motivación o muchísima ambigüedad en la forma de vivir y afrontar la vocación”. Estas situaciones “no son provechosas, porque minan las fuerzas… crean división… y desorientan radicalmente a quien las vive”. Ser Célibe “con otros oficios”, puede llevar a alguna de estas dos situaciones:

    Primera: Vivir "abusando de otros" y profesar públicamente la opción de amor célibe.

    Es aquella situación en la que la persona aparenta vivir una vida que en realidad no vive, y no sólo no vive, sino que no está dispuesto a vivirla. Abusa reiterada y sistemáticamente de los otros con relaciones sexo-genitales o de violencia y control. A veces la pareja pacta y acepta la situación, otras los soporta como inevitable. La persona externamente cumple, a veces con perfección insospechada. Nunca se plantea su situación y si alguien intenta cuestionarlo, -por evidente-, lo niega con rotundidad o acusa a otros con diversas y sofisticadas argumentaciones. Se aprovecha de los beneficios que le proporciona su rol y su estatus, y utiliza esa infraestructura para conseguir fines particulares” (pp. 71-72).
    Más adelante, Lola aclara: “No me refiero a situaciones que pueden ocurrir a lo largo de un proceso vocacional: enamorarse, tener relaciones sexuales dentro de la vida célibe, mantener una relación de pareja durante algún tiempo, etc. Me refiero a todas esas situaciones - siempre clandestinas-, y caracterizadas por el uso y abuso de los otros para fines propios que nada tienen que ver con la opción de vida que se dice profesar. Abundan sobre todo entre varones” (p. 73).
    “¿Cuáles son algunos de los comportamientos que pueden darse?: Mantenimiento de relaciones sexuales asiduas con una persona del mismo o de distinto sexo, siempre vividas en la clandestinidad. Relaciones éstas caracterizadas por el abuso, la seducción, la violencia, el avasallamiento, en resumen, el deseo de tener poder o control sobre los otros, como expresión clara del endurecimiento del propio corazón.” (p. 73).

    Segunda: Vivir relaciones ambiguas y dependientes.

    Todas aquellas situaciones cotidianas en las que se dan relaciones de par, nombradas como amistad y justificadas casi siempre desde la ayuda unidireccional o bidireccional. Se pueden dar entre personas del mismo sexo o de distinto. Se caracterizan por ser relaciones intensas y polarizantes. El objetivo último es garantizar la caricia: afectiva, sensual y sexual; esa es la base de la relación, aunque se justifique de mil maneras y se haga materia de conversación cualquier otro tema de la vida diaria, que siempre suele ser el pretexto” (p. 73).
    “En la situación anterior hablábamos de negación, aquí hablamos de enquistamiento en el proceso de maduración afectiva y emocional. Expresa mucha debilidad y la tendencia a vivir eternamente como niña/o… Lo que nunca llega a  decirse quien así actúa es lo que late en su actitud inconsciente: satisfacer las propias necesidades erótico-afectivas, insuficientemente resueltas” (p. 73).
    Hay relaciones de este tipo que se expresan genitalmente… “Otras relaciones se mantienen de forma cronificada y enquistada durante mucho tiempo, no se pasa de las manifestaciones de sensualidad, que a veces las considero más dañinas que la expresión sexual en sí. Las relaciones sensuales (las que se suscitan desde el hambre negada para satisfacer las propias necesidades erótico-afectivas no suficientemente resueltas, reprimidas y vividas de forma inconsciente), tienen la fuerza de la seducción y la atracción de la droga. Producen el efecto de arrastrar compulsivamente a quien lo padece para someterse sumisa o compulsivamente, en espera de la caricia verbal o física, sin la cual se considera incapaz de vivir” (p. 73).
    Estas relaciones ambiguas y dependientes son… “de todo este tipo: pseudo-homosexuales, parejas-bebé, (porque se constituyen en función del apoyo y protección mutua), pseudo-amistades justificadas desde la ayuda fraterna…” (p. 76).
    Es difícil identificarnos con estas dos situaciones que tienen su origen en la pérdida de motivación o ambigüedad en nuestra vivencia de ellas. Ojalá sea porque no andamos en esos caminos; pero también puede ser porque no hemos llegado hasta allá; ¡pero podemos llegar![50]
    La primera situación, sí llega a suceder a jesuitas. En mi vida como jesuita, me ha tocado escuchar a tres mujeres que han tenido alguna relación de pareja con un jesuita –o ahora exjesuita– (con relaciones genitales, ¡o sin ellas!). Una atribulada porque de su parte estaba dispuesta a dejar su vida (¡hasta su familia!) para hacer vida con ese jesuita… pero él no quería tanto. Otra, deprimida por el abandono, pues al otro le había aparecido una nueva relación. La tercera, atrapada en la indefinición continuada de esa relación. Las lágrimas de ellas expresaban una queja. En el fondo vivían esa experiencia como abuso (aunque ellas también tenían su parte de responsabilidad), porque en el amor, se entrega la propia vida a la persona amada desde la extrema fragilidad que implica el enamoramiento; y si la persona amada se posesiona y usa de ese poder, entonces la persona amante se siente utilizada[51].
    A propósito de estas relaciones, el Papa dice: “Eso no debe darse. Nada debe haber que sea mentira y ocultamiento. Lamentablemente, en la historia de la Iglesia ha habido, siempre de nuevo, tiempos en los que han aparecido y se han difundido tales situaciones, precisamente cuando, de alguna manera, se encuentran en la línea del clima espiritual de la época. Por supuesto, se trata también de un desafío especialmente urgente para todos nosotros. Cuando un sacerdote cohabita con una mujer hay que verificar si existe una verdadera voluntad matrimonial y si podrían formar un buen matrimonio. Si así fuese, tienen que seguir ese camino. Si se trata de una falta de la voluntad moral pero no existe una real vinculación interior, hay que intentar encontrar caminos de sanación para él y para ella”[52].
    Una experiencia así me parece que ha de evolucionar a un replanteamiento vocacional: o veo que este no es mi camino, o profundizo en mi vivencia más unificada y cualificada de mi vocación. Dice más adelante el Papa: “El problema fundamental es la honradez. El segundo problema es el respeto por la verdad de esas dos personas y de los niños a fin de encontrar la solución correcta”[53].
    Y efectivamente, el “clima espiritual” de nuestro tiempo favorece relaciones así, sin compromiso humano, sólo para llenar las carencias.
    También en las relaciones entre nosotros y con otras personas se pueden dar casos de dependencias afectivas del segundo tipo, que en el fondo pueden estar encubriendo carencias afectivas o sensualidad bajo la apariencia de amistad. A mayor inmadurez, mayor facilidad de caer en esos juegos y confusiones. Quizá por eso, cuando la mayoría entraba al noviciado en plena adolescencia, había tanto temor y reprobación de las amistades particulares. En la formación –o aún después– pueden seguir sucediendo fenómenos semejantes, expresados en la necesidad de pasar mucho tiempo con un amigo o las “filias y fobias” o la expresión más colectiva de esto en la formación de grupos cerrados con cualquier signo. También, de adultos hacia jóvenes (y recibido por jóvenes con esas necesidades) estas dependencias/protecciones afectivas, toman la forma de “padrinazgos”, o funcionan bajo el esquema de tener “protegidos”, “preferidos”, o de confiar intimidades que son más bien para compartirlas con un par (y que en el fondo buscan dejar atado al otro a mí, a mis posturas, etc.), o de hacer regalos especiales.
    Ciertamente necesitamos tener relaciones de comunicación e intimidad entre nosotros y con otros hombres y mujeres, pero la dependencia o la necesidad de estar tanto tiempo junto con otra persona puede indicar un encantamiento que polariza a la persona y que después, puede terminar en conflicto o enamoramiento. Ahí necesitamos crecer.

    5. PERTENECER A ESTA IGLESIA, TERCER GRADO DE HUMILDAD.


    En las Cartas del diablo a su sobrino, Escrutopo aconseja a su sobrino Orugario, sobre cómo recuperar al hombre que tiene a su cargo para conducirlo al “Padre de las Tinieblas” y que recién se ha convertido al catolicismo: “En la actualidad, la misma Iglesia es uno de nuestros grandes aliados”… Haz “que el pensamiento de tu paciente pase rápidamente de expresiones como "el cuerpo de Cristo" a las caras de los que tiene sentados en el banco de al lado”... que oiga como uno desafina, vea la papada del otro y el modo extravagante de vestir de aquél. Así, “el paciente creerá con facilidad que, por tanto, su religión tiene que ser, en algún sentido, ridícula”.
    Si, además dan motivos reales para que el paciente se sienta decepcionado, entonces, continúa Escrutopo… “…tu trabajo resultará mucho más fácil. En tal caso, te basta con evitar que se le pase por la cabeza la pregunta: "Si yo, siendo como soy, me puedo considerar un cristiano, ¿por qué los diferentes vicios de las personas que ocupan el banco vecino habrían de probar que su religión es pura hipocresía y puro formalismo?" Te preguntarás si es posible evitar que incluso una mente humana se haga una reflexión tan evidente. Pues lo es, Orugario, ¡lo es! Manéjale adecuadamente, y tal idea ni se le pasará por la cabeza. Todavía no lleva él tiempo suficiente con el Enemigo como para haber adquirido la más mínima humildad”[54].
    Comienzo con esta larga referencia, porque la pederastia de clérigos pone en un primer plano a la realidad de la Iglesia y a la vivencia de la sexualidad en ella. Como dice Escrutopo, creemos que “nuestra religión es en algún sentido ridícula”. Al menos yo a veces sí me siento como fuera de lugar con nuestros planteamientos católicos sobre la sexualidad. Creo que esto es así, en parte porque tenemos una propuesta contracultural, pero también porque no sabemos cómo proponerla y vivirla, de tal manera que diga lo que efectivamente queremos que diga: que Dios es Amor, que todos los hombres y mujeres fuimos creados a su imagen, que en la sexualidad se expresa lo más íntimo de la persona y que eso es muy fácilmente corruptible, manipulable, comercializable.
    Ante el hecho de que “el sexo es más fuerte que el hombre”, dice González Fáus que… “la solución de “bajar el listón”[55] es comprensible; pero quizá sólo sea la más facilona. Puede que no sea más que un hacer de la necesidad virtud, que cosecha consecuencias no previstas ni pretendidas… La opción de “elevar el listón” (que podría ser la que da sentido a la moral que predica la Iglesia) es también perniciosa cuando se presenta como mera exigencia moral, porque deja al hombre inerme y culpabilizado”. “Que sólo una especie de “fuerza mística” (aún con todos sus riesgos de falsificaciones) puede capacitar al hombre para afrontar el problema del sexo. Mientras que, curiosamente, lo que más falla en el lenguaje eclesiástico es la capacidad para comunicar algún tipo de experiencia mística – humana o religiosa”[56].
    Levantar el listón está bien; es reconocer la fuerza del sexo sobre nosotros mismos, es cuidar las puertas de los sentidos. Lo anterior es necesario para reconocer el valor de cada persona y no dispersarnos. Pero hacerlo en forma moralista -es decir sin el sentido profundo de por qué se hace y queriendo imponerlo a los demás- sí que es ridículo. Los abusos dejan aún más en claro que nuestro moralismo no sirve o que puede dar lugar a esa doble moral. Necesitamos de esa “fuerza mística” para que “elevar el listón” en verdad sea contracultural y nos humanice a todos; a nosotros con la castidad y a los demás en su estilo de vida.
    El segundo tema que trata Escrutopo es el hecho de que, además de sentir que “nuestra religión tiene algo de ridícula”, en nuestra Iglesia hay verdaderos pecadores, y en este caso, delincuentes. ¿Cómo voy YO a ser parte de ellos, “solidario” de ellos? Creo que en verdad todo en nosotros se resiste: ¡Yo no soy de ésos!, queremos decir. Y claro, aquí viene la pregunta que Escrutopo quiere impedir que nos hagamos: "Si yo, siendo como soy, me puedo considerar un cristiano, ¿por qué los diferentes vicios de las personas que ocupan el banco vecino habrían de probar que su religión es pura hipocresía y puro formalismo?".
    Ciertamente hay que hacer un juicio e impedir que estos abusos sigan sucediendo; pero creo que no es bueno que lo hagamos desde nuestra “supuesta pureza”, pues en temas del afecto nadie es inocente[57]. Quizá por eso y a propósito de estos temas Jesús dice: “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8, 3-11). Puede ser que, como los fariseos, yo pueda arrojar la piedra porque no abuso sexualmente de menores, pero también soy pecador y todo pecado tiene algo de abuso[58].
    Experimentamos la humillación de pertenecer a un cuerpo así; pero desmarcarnos de ese cuerpo no sería justo; pues de la Iglesia también nosotros hemos recibido lo mejor que tenemos: la fe en Jesús, nuestro llamado a servir al Reino y a sus pobres. Es en obediencia a ella y a los signos de los tiempos, que la Compañía ha llegado a formular su misión como el servicio de la fe y la promoción de la Justicia.
    Según Ronald Rolheiser, cuando Pablo dice “Nosotros somos el cuerpo de Cristo”, está diciendo que: “El cuerpo de los creyentes, como la Eucaristía, es el cuerpo de Cristo de una manera orgánica. No es una corporación sino un cuerpo; no sólo una realidad mística, sino física; y no algo que representa a Cristo sino algo que Él es… La Palabra no se hizo carne y habitó ente nosotros: se hizo carne y continúa habitando entre nosotros. En el cuerpo de los creyentes y en la Eucaristía Dios todavía sigue teniendo una piel y puede ser físicamente visto, tocado, olido, oído y gustado”[59].
    Pero la encarnación fue, y sigue siendo escándalo. A propósito de los abusos, otro novicio dice: “Sé que los célibes están manchados, pero no me voy a quedar contemplando la mancha que hay, quiero abrazar la castidad para entregarme más, para estar más dispuesto a Dios y a los otros. Sé que necesito siempre seguir creciendo en madurez y mirando a Jesús”.

    6. CONCLUSIONES


    Creo que el descubrimiento y aún la publicidad de estos abusos son en verdad algo bueno para nosotros:
    1º. Los niños están más protegidos del abuso de los clérigos y religiosos. Esto es en verdad buena noticia para todos.
    2º. Los abusos sexuales a menores expresan plásticamente lo peor que le puede pasar con su sexualidad, a una persona que se ha comprometido a vivir en castidad. Quizá antes estén otros abusos e incoherencias, pero esto va más allá. Nos avisa hasta dónde podemos llegar, como lo pretende san Ignacio con la contemplación del infierno. San Ignacio quiere que veamos cómo las pequeñas concesiones pueden ir llevando a la degradación y que experimentemos la misericordia de Dios y le demos “gracias, porque no me ha dejado caer en ninguna destas acabando mi vida. Asimismo, cómo hasta agora siempre ha tenido de mí tanta piedad y misericordia” [EE 71].
    3º. Creo que es muy bueno para nosotros, saber que cualquier abuso sexual hacia un menor de edad, puede y debe ser castigado. La Iglesia Universal está caminando hacia la tolerancia cero a la manera de la Iglesia Norteamericana. Es bueno saber a qué atenernos, “para que, si del amor del Señor eterno me olvidare” [EE 71], la cárcel y la suspensión me lo recuerde.
    4º. Estamos siendo observados. No tenemos que vivir nuestras relaciones para “dar buen ejemplo”, pero sí para ser el jesuita que quiero ser y que soy llamado a ser, sí para dar seguridad a las personas con las que convivo, a las que sirvo, con las que trabajo, etc.
    5º. Estos hechos que ponen en tela de juicio al celibato y a la castidad, son también una oportunidad para reflexionar y profundizar en la vivencia de la castidad. El “desprestigio” del voto, nos ayuda a ver que no basta vivirla funcionalmente; pues si así fuera sería muy probable que la viviéramos como un sacrificio o como una dieta (estado de excepción que en cualquier momento voy a romper) y no como mi manera de amar.
    6º. Se necesita humildad para pertenecer a la Iglesia, pero humildad de la buena, de la de los santos. “Humildad es andar en verdad”, decía Santa Teresa. Humildad no es “abajarnos” desde nuestro pedestal como si en verdad estuviéramos arriba; es más bien ponernos en nuestro lugar: el nivel de la tierra (humus). San Ignacio nos invita al tercer grado de humildad que, aunque sabemos que se refiere a tres grados de amor, usa la palabra humildad porque así como a nivel social lo mínimo del amor es la justicia, en nuestras relaciones lo mínimo del amor es la humildad. Sin humildad, nos gana el poder, el juicio, la descalificación; desde nuestro humus, sí podemos comprometernos con esta Iglesia y con la vivencia de la justicia en ella. Como decía Santa Catalina de Siena (que amó a la Iglesia y al Papa y nunca perdió la libertad para decirle a éste lo que tenía que decirle): “La perla de la justicia brilla mejor en la concha de la misericordia”. Nosotros también podemos trabajar por la justicia desde la compasión porque no somos totalmente puros.
    7º. Falta un verdadero diálogo sobre la sexualidad entre la Iglesia y la gente de hoy. Los abusos de menores de parte de clérigos, nos pueden ayudar a tratar estos temas con más humildad y comprensión. También nos exigen expresar más la “fuerza mística” que nos impulsa a “elevar el listón” en materia sexual y a, aunque sea contracultural, decir de mejor manera cómo este es un camino verdadero de humanización.
    En definitiva de lo que se trata es de vivir para lo que vivió Jesús y para lo que él nos dijo que vino a nosotros: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).


    * FUENTE: REFLEXIONES IGNACIANAS. CENTRO IGNACIANO DE ESPIRITUALIDAD, MEXICO. NO 2 MAYO 2011.
    [1] “Según el criminólogo Christian Pfeiffer, del ámbito de los colaboradores de la Iglesia católica proviene aproximadamente el 0,1 % de los autores de abusos; el 99,9 % proviene de otros ámbitos. Según un informe gubernamental estadounidense, el porcentaje de sacerdotes que estuvieron implicados en casos de pedofilia en el año 2008 en Estados Unidos asciende al 0,03 %. La publicación protestante Christian Science Monitor publicó un estudio según el cual las Iglesias protestantes de Estados Unidos están afectadas por un porcentaje mucho más elevado de pedofilia”. BENEDICTO XVI. Luz del mundo. Una conversación con Peter Seewald. Herder. México 2010, p. 43. Cfr., también KEVIN FLAHERTY, SJ. El abuso sexual y la Iglesia. Aprendiendo de un escándalo. En Cuadernos de Espiritualidad 131, del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Septiembre 2010. Lima, Perú. p. 22.
    [2] “Ahora bien, uno de cada diez hombres y una de cada cinco mujeres, en Estados Unidos, ha sufrido abuso sexual, en la mayoría de los casos por parte de miembros o amigos de la familia. El resto de los casos se divide entre maestros, entrenadores, deportistas, dirigentes de movimientos de juventud, médicos, psicoanalistas y religiosos de todas las Iglesias y confesiones. En 1992 hubo cerca de tres millones de denuncias que aluden a casos de abuso infantil. Una investigación de 1991 afirma que 7.1 por ciento de los psicólogos y psiquiatras norteamericanos admiten haber tenido sexo con sus pacientes; 13 por ciento de los médicos también. Entre 10 y 23 por ciento del clero presbiteriano estadounidense ha tenido «una conducta sexualizada o contacto sexual con sus parroquianos, en el marco de una relación profesional»”. JEAN MEYER. El celibato sacerdotal. Su historia en la Iglesia Católica. Tiempo de memoria, Tusquets Editores. México, 2009, p 271.
    [3] ELISABETH KÜBLER-ROSS. Sobre la Muerte y los moribundos. Debolsillo, México, 2010.
    [4] BENEDICTO XVI el 11 de mayo de 2010 en Portugal.
    [5] BENEDICTO XVI. Luz del mundo…, p. 38
    [6] Ibíd., pp.35-36.
    [7] Ibíd. 41.
    [8] Ibíd. 46-47.
    [9] El 29 de diciembre de 2010, François Houtart, sacerdote católico y sociólogo belga, candidato al premio Nobel de la Paz 2011, ha confesado haber abusado de un menor, su propio primo, hace cuarenta años. Houtart, de 85 años, es conocido en algunos círculos como el "papa del altermundismo". Fue profesor de sociología en la Universidad Católica de Lovaina la Nueva entre 1958 y 1990 y uno de los impulsores del Foro Social Mundial de Porto Alegre.
    [10] BENEDICTO XII. Op. Cit. P. 48.
    [11] Cfr. Nota 41.
    [12] “En nuestras Constituciones, y también, estoy seguro, en el Nuevo Testamento, los verbos usados son los activos –amar, servir, avanzar, andar, proceder, aspirar, crecer– todos verbos de acción. La vida espiritual es crecer o disminuir. No existe el estar parados en un sitio. Si no crecemos, el peso de nuestras debilidades nos domina. Nosotros crecemos, cambiamos, todo el tiempo. Esto supone estar continuamente atentos a lo que
    sucede a nuestro alrededor, a lo que es bueno y a lo que no es tan bueno”. ADOLFO NICOLÁS, Discernimiento Apostólico en Común. CIS 122. Roma, 2009, p. 11.
    [13] Congregación General 34, D. 8,2
    [14] Ibíd. D.8,7.
    [15] Ibíd. D.8,9.
    [16] CG 34, D.8, 11.
    [17] Tener atado el corazón a alguien, que sea “su” referencia, que “viva pendiente de”… que esa persona requiera y concentre mis energías afectivas… no es castidad, aunque no haya sexo, aunque sea mi madre o mi padre. Diferente a tener responsabilidades para con los padres y diferente a una amistad en la que hay compromiso hondo y un gran nivel de intimidad.
    [18] CG 34, D.8, 6. Coloquialmente decimos que alguien fue un ángel para nosotros, cuando ante una necesidad aparece un desconocido que nos auxilia y luego se va. También amar como los ángeles, me parece que hace referencia a eso: amar, servir y soltar.
    [19] Así me sorprendió un escolar que al poco tiempo de haber hecho sus votos, ya tenía una pareja y algunos encuentros fortuitos, en los que “él se daba y las hacía felices”. –“¿Y el voto de castidad a que te comprometiste?” “–Es que yo lo entendí así”. “–Pues el día en que los pronunciaste dijiste, según las Constituciones”. Ese fue nuestro diálogo; obviamente, éste nunca estuvo en la Compañía, sino sólo en lo que él “había entendido”.
    [20] De las notas personales que tomó Arturo Peraza S.J., Provincial de Venezuela, de la alocución del P. General en la Asamblea de la CPAL en Asunción, en noviembre de 2010 y compartió con su Provincia.
    [21] Aunque sí, hemos de saber recibir con humilde agradecimiento lo que se nos dé en esas áreas, y recibido así nos hará mucho bien y lo viviremos como gracia.
    [22] Del afecto podemos decir lo mismo que decía Frankl del placer: “es, y debe continuar siéndolo, un efecto o producto secundario, y se destruye y malogra en la medida en que se le hace un fin en sí mismo.” VICTOR FRANKL. El hombre en busca de sentido. Editorial Herder. Barcelona, 1991, p. 122.
    [23] CG 34, D.8,24. Los subrayados son míos.
    [24] Es más fácil que abuse de menores, quien suele ser abusivo en otras situaciones.
    [25] A esto hace referencia el no. 27, del D.8 de la CG 34. “Las diferencias entre las diversas culturas y actitudes exigen una sensibilidad especial en este campo. Los que viajan al extranjero deberían estar atentos a los sentimientos y actitudes locales en lo referente a las relaciones entre varones y mujeres. No sería razonable esperar que la gente del país vea su conducta como la verían sus connacionales en el país de origen. No tenerlo en cuenta puede llevar a dar un testimonio contrario a los valores que profesan”.
    [26] CG 34, D.8,25. Cfr. D.8,26, que alerta sobre las transferencias y contratransferencias en el acompañamiento y en la terapia, y sobre las posibles confusiones entre “las relaciones apostólicas con las de una amistad íntima”.
    [27] CPAL. “Para un ministerio creíble y sano”, Orientaciones de la Conferencia de Provinciales de América Latina Sobre el abuso sexual de los niños. Noviembre 2006. El documento tiene tres partes: En la tercera, sobre la prevención, desarrolla lo relacionado con los límites y tiene los siguientes apartados: 3.1. Nuestra respuesta como miembros de la Compañía de Jesús; 3.2. La selección de nuestros candidatos a la Compañía y al Ministerio; 3.3. Normas de prudencia para parecer y actuar adecuadamente en misión pastoral; 3.4. Para proteger nuestra relación pastoral; 3.5. Las manifestaciones de afecto en nuestros Colegios y en otras Obras propias; 3.6. Otros puntos de referencia”.
    Su lectura puede ser de ayuda para bajar a los concretos de los límites que tenemos que poner en nuestras relaciones. También cfr. página de la Asistencia de USA www.jesuit.org
    [28] CG 34, nota 27 al no. 29 del decreto 9 sobre la castidad.
    [29] ADOLFO CHÉRCOLES. La oración en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Colección EIDES no. 49, Cristianisme i Justícia. Barcelona, Julio de 2007.
    [30] Recordemos lo que decía San Ignacio “[A] un verdaderamente mortificado bástanle un cuarto de hora para se unir a Dios en Oración”. “Y –agrega el P. Cámara– no sé si entonces añadió sobre este mismo tema lo que muchas le oímos decir: que de cien personas muy dadas a la oración, noventa serían ilusas. Y de esto no me acuerdo muy claramente, aunque dudo si decía noventa y nueve”. LUIS GONÇALVES DA CÂMARA. Recuerdos Ignacianos. Memorial. Colección Manresa No. 7. Mensajero – Sal Terrae. [196], p. 149. Si uno está aferrado a su propio juicio, la oración misma servirá para el autoengaño. Por eso es que se puede celebrar la Eucaristía y abusar… como dice con mucho dolor Benedicto XVI. Op. Cit., p. 49.
    [31] Así, las películas de años anteriores, nos parecen muy lentas, o las escenas de violencia a sexo explícito ya nos parecen más ligeras, etc.
    [32] CG 34 D 8.29.
    [33] ¿Y qué es lo que amo, cuando te amo a ti? No ciertamente una belleza corporal, ni las complacencias del tiempo; no el candor de la luz, alimento de mis ojos, ni la dulzura de las más melodiosas cantilenas. Tampoco la fragancia embalsamada de las flores y los perfumes, ni el maná, ni la miel, ni los miembros hechos para el abrazo carnal. Nada de esto es lo que amo cuando amo a mi Dios; y sin embargo, al amarlo amo alguna luz y voz, algún alimento y olor, alguna manera de abrazo; porque mi Dios es luz y voz, manjar y olor, alimento y abrazo del hombre interior que hay en mí. Allí refulge para mi alma una luz que no cabe en un lugar, y suenan voces que no se lleva el tiempo; lugar donde hay aromas que no se disipan en el aire y sabores que no se menoscaban por el comer el alimento. Allí la unión es tan firme que no es posible el hastío. Todo es lo que amo cuando amo a mi Dios. SAN AGUSTÍN. Confesiones, Libro X, Capítulo VI, nos. 1 y 2. San Pablo, Buenos Aires 2003, p. 403.
    [34] Casi una experiencia religiosa / Contigo cada instante en cada cosa / Besar la boca tuya merece un aleluya / Es un una experiencia religiosa.
    [35] GONZÁLEZ FAUS, J.I. Sexo, verdades y discurso eclesiástico. Aquí y Ahora No. 26. Sal Terrae. Maliaño, Cantabria, 1993, p. 6.
    [36] CG 34 D.8. 28 y 29.
    [37] ANSELM GRÜN. Célibes por amor a la vida. Ed. Mundo, Santiago de Chile, 1998, p.p. 32-33. También hace referencia al Praktikos 57.
    [38] Podríamos añadir otros temas, como nuestros albures, o el estar buscando siempre el sentido sexual –o en la mayoría de las ocasiones homosexual– de lo dicho. Creo que tampoco ayuda a vivir unificados, pues al mismo tiempo que nos llena de más imágenes, concentra a una parte de nosotros en “el tema”. Además, este tipo de comentarios hechos con “menores”, puede ser considerado como un abuso.
    [39] De las notas personales que tomó Arturo Peraza S.J., Provincial de Venezuela, de la alocución del P. General en la Asamblea de la CPAL en Asunción, en noviembre de 2010 y compartió con su Provincia. Lo mismo nos dijo en su visita en Guadalajara, en Adolfo Nicolás en México. Provincia Mexicana, p. 108.
    [40] GONZÁLEZ FAUS, op. cit. p. 12.
    [41] ADOLFO NICOLÁS, al finalizar el año sacerdotal. 9 sept 2009.
    [42] KEVIN FLAHERTY, op. cit., pp. 31 y 32. “Todavía en 1962 Juan XXIII había ordenado a los obispos ocultar los abusos sexuales; firmó un documento de 69 páginas en latín, titulado Crimine Sollicitationis, que reclama «estricto secreto» y amenaza con la excomunión a quien hable del tema. Ese modo de proceder, ciertamente, no difiere de las conductas de otras instituciones cuando se enfrentan al mismo problema. Los ejércitos, los movimientos de juventud o deporte y los sindicatos de maestros protegen a sus agremiados acusados de abusar sexualmente de niños y adolescentes; del mismo modo muchas madres prefieren considerar que su hija miente o fábula cuando dice que fue atacada sexualmente por su padre o padrastro”. JEAN MEYER, p. 271.
    [43] KEVIN FLAHERTY, p. 32.
    [44] Hasta el prenovicio tiene algún poder con el grupo de jóvenes o en la actividad pastoral a que esté dedicado.
    [45] Nota 25. Al no. 25 del decreto 8 de la CG 34.
    [46] Porque, algo así nos ha sucedido. Culturalmente nos cuesta aceptar que tenemos autoridad y ejercerla responsablemente. Parece que hasta los padres y madres renuncian a ella para agradar a los hijos y que éstos los quieran; sin caer en la cuenta de que los dañan al no enseñarlos a enfrentar la vida, crecer y aceptar que no lo podemos todo.
    [47] Cfr. Nota 2.
    [48] LOLA ARRIETA, Sus heridas nos han curado. Frontera Hegian N° 33. Vitoria, 2002, pp. 61-66.
    [49] LOLA ARRIETA, pp. 67-78. De este mismo trabajo señalaré las páginas entre paréntesis.
    [50] La contemplación del Infierno [65-71], que es la propuesta de “pasar por los sentidos” el “resumen” experiencial hecho de la primera semana, alerta a nuestra persona y a nuestros propios sentidos, sobre cómo eso que no está ordenado y nos gusta,  puede llevarnos hasta el “infierno”, es decir al vacío, sinsentido y a la más radical soledad.
    [51] “Me sigue pareciendo válido, el que en esa aceptación del poder del otro comienza algo muy importante (muy importante, pero también enormemente falsificable; no olvidemos esto esto)”. GONZÁLEZ FAUS, Op. cit., p. 7.
    [52] BENEDICTO, op. cit.… p. 52.
    [53] Ibíd. p. 52 y 53.
    [54] C.S. LEWIS. Cartas del diablo a su sobrino. Carta II. Ed. Andrés Bello, México 2009, pp. 33-36.
    [55] “Bajar el listón” hace referencia a la permisividad, a dejar pasar todo. “Elevar el listón” quiere decir no dejarnos llevar por el instinto y ponernos límites que humanicen la vivencia de la sexualidad.
    [56] GONZÁLEZ FAUS, op. Cit. p. 6.
    [57] En el terreno del afecto es muy fácil abusar; podemos abusar hasta del cariño de nuestra madre. Aquí no ha de haber ingenuidad; pues la ingenuidad casi siempre corre a “nuestro favor”.
    [58] Más que el juicio desde nuestra “buena conciencia”, ayuda la postura de Jesús que quiere recuperar a todos, a los fariseos obcecados y escandalizados porque Jesús curaba en sábado y al paralítico: “mirándolos con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: ´Extiende la mano´. Él la extendió y quedó restablecida su mano” (Mc 3, 4-5). Estamos llamados a conjuntar ira y pena, contra la simple condena farisaica.
    [59] RONALD ROLHEISER, En busca de espiritualidad. Lineamientos para una espiritualidad cristiana del siglo XXI. Lumen. Buenos Aires, 2003, pp. 108-109. Sigo esta idea de Rolheiser.