viernes, 9 de marzo de 2012

Reconciliación y nueva evangelización


AUDIENCIA A LOS PARTICIPANTES EN EL CURSO SOBRE EL FORO INTERNO PROMOVIDO POR LA PENITENCIARÍA APOSTÓLICA.
Entre el 5 y el 9 de marzo de 2012 se ha desarrollado en el Palacio de la Cancillería en Roma el XXIII Curso sobre el Foro Interno promovido por la Penitenciaría Apostólica.

Con ocasión de la conclusión del Congreso, a las 12 horas del día de hoy, 9 de marzo de 2012, en el Aula Pablo VI, el Santo Padre Benedicto XVI ha recibido en audiencia a los participantes en el Curso Sobre El Foro Interno, y después del saludo del Penitenciario Mayor, Cardenal Manuel Monteiro de Casto, el Papa ha dirigido a los presentes el discurso que traemos a continuación:


·  DISCURSO DEL SANTO PADRE

Queridos Amigos:
Estoy muy contento de encontraros con motivo del Curso anual sobre el Foro Interno, que organiza la Penitenciaría Apostólica. Dirijo un saludo cordial al Cardenal Manuel Monteiro de Castro, Penitenciario Mayor, que, por primera vez en esta calidad, ha presidido vuestras sesiones de estudio, y le agradezco las cordiales expresiones que ha querido dirigirme. Saludo igualmente a Mons. Gianfranco Girotti, Regente, al personal de la Penitenciaría y a cada uno de vosotros, que, con vuestra presencia, reclamáis a todos la importancia que tiene para la vida de fe el Sacramento de la Reconciliación, haciendo evidente tanto la necesidad permanente de una adecuada preparación teológica, espiritual y canónica para poder ser confesores, como, sobre todo, el vínculo constitutivo que existe entre celebración sacramental y anuncio del Evangelio.
Los sacramentos y el anuncio de la Palabra, en efecto, no deben nunca ser concebidos como separados, sino, por el contrario, “Jesús afirma que el anuncio del Reino de Dios es la finalidad de su misión; este anuncio, sin embargo, no es sólo un ‘discurso’, sino incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar; los signos, los milagros que Jesús realiza indican que el Reino viene como realidad presente y que coincide finalmente con su persona misma, con el don de sí. […] El sacerdote representa a Cristo, el enviado del Padre, y continúa su misión, mediante la ‘palabra’ y el ‘sacramento’, en esta totalidad de cuerpo y alma, de signo y palabra” (Udienza generale, 5 maggio 2010). Precisamente esta totalidad, que hunde sus raíces en el misterio mismo de la Encarnación, nos sugiere que la celebración del Sacramento de la Reconciliación es ella misma anuncio y, por lo mismo, camino que se ha de recorrer para la obra de la nueva evangelización.
¿En qué sentido entonces la Confesión sacramental es “camino” para la nueva evangelización? Ante todo, porque la nueva evangelización saca la savia vital de la santidad de los hijos de la Iglesia del camino diario de conversión personal y comunitaria para configurarse siempre más profundamente a Cristo. Y existe un estrecho vínculo entre la santidad y el Sacramento de la Reconciliación, como ha sido testimoniado por todos los Santos de la historia. La conversión real de los corazones, que es abrirse a la acción transformante y renovadora de Dios, es el “motor” para toda reforma y se traduce en una verdadera fuerza evangelizadora. En la Confesión el pecador arrepentido, gracias a la acción gratuita de la Misericordia divina, es justificado, personado y santificado, abandona el hombre viejo para revestirse del hombre nuevo. Sólo quien se ha dejado renovar profundamente por la Gracia divina, puede llevar en sí mismo, y por eso mismo anunciar la novedad del Evangelio. El beato Juan Pablo II, en la Carta apostólica Novo Millenio ineunte afirmaba: “Una renovada intrepidez pastoral vengo, pues, a pedir a fin de que la pedagogía cuotidiana de las comunidades cristianas sepa proponer de modo persuasivo y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación” (n. 37). Deseo respaldar este llamamiento, en la conciencia de que la nueva evangelización debe hacer conocer al hombre de nuestro tiempo el rostro de Cristo “como misterio de la piedad, aquel en quien Dios nos muestra su corazón compasivo y nos reconcilia plenamente consigo. Es a este rostro de Cristo al que debemos hacer descubrir también por medio del Sacramento de la Penitencia” (ibidem).  
En una época de emergencia educativa, en la que el relativismo somete a discusión la posibilidad misma de una educación comprendida como una introducción progresiva en el conocimiento de la verdad, en el sentido profundo de la realidad, y, en consecuencia, como progresiva introducción a la relación con la Verdad que es Dios, los cristianos están llamados a anunciar con vigor la posibilidad del encuentro entre el hombre de hoy y Jesucristo, en quien Dios se ha hecho de tal manera cercano que se lo puede ver y escuchar. En esta perspectiva el Sacramento de la Reconciliación, que toma sus motivaciones de una mirada a la condición existencial propia y concreta, ayuda de manera singular a aquella “apertura del corazón” que permite volver la mirada a Dios a fin de que entre en la vida. La certeza de que Él está cercano y en su misericordia se fija en el hombre, incluso en quien está comprometido en el pecado, para sanar sus enfermedades con la gracia del Sacramento de la Reconciliación, es siempre una luz de esperanza para el mundo.
Queridos sacerdotes y queridos diáconos que os preparáis para el Presbiterado: en la administración de este Sacramento os es dada, u os será dada la posibilidad de ser instrumentos de un siempre renovado encuentro de los hombres con Dios. Cuantos se dirigirán a vosotros, precisamente pos su condición de pecadores, experimentarán en sí mismos un deseo profundo: deseo de cambio, petición de misericordia, y, en definitiva, deseo de que vuelva a ocurrir, por medio del Sacramento, el encuentro y el abrazo con Cristo. Seréis, por lo tanto, colaboradores y protagonistas de tantos posibles “nuevos comienzos” cuantos serán los penitentes que se os acercarán, teniendo presente que el auténtico significado de toda “novedad” no consiste tanto en el abandono o en la eliminación del pasado, cuanto en el acoger a Cristo y en el abrirse a su Presencia, siempre nueva y siempre capaz de transformar, de iluminar todas las zonas de oscuridad y de abrir continuamente un nuevo horizonte. ¡La nueva evangelización, entonces, parte también del Confesionario! Es decir, parte del misterioso encuentro entre la inexhaustible pregunta del hombre, signo en él mismo del Misterio Creador, y la Misericordia de Dios, única respuesta adecuada a la necesidad humana de infinito. Si la celebración del Sacramento de la Reconciliación fuera esto, si en ella los fieles hicieran experiencia real de aquella Misericordia que Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, nos ha dado, entonces llegarán a ser testigos creíbles de aquella santidad, que es la finalidad de la nueva evangelización.
Todo esto, queridos amigos, se es verdad para los fieles laicos, adquiere todavía un mayor relieve para cada uno de nosotros. El ministro del Sacramento de la Reconcililación colabora en la nueva evangelización renovando él mismo, el primero, la conciencia de su propio ser penitente y de la necesidad de acercarse al perdón sacramental, a fin de que se renueve aquel encuentro con Cristo que, habiéndose iniciado en el Bautismo, ha encontrado una específica y definitiva configuración en el Sacramento del Orden. Este es mi deseo para cada uno de vosotros: la novedad de Cristo sea siempre el centro y la razón de vuestra existencia sacerdotal, a fin de que quien os encuentre pueda proclamar, por medio de vuestro ministerio, como Andrés y Juan: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). De esta manera, toda Confesión, de la que cada cristiano saldrá renovado, representará un paso delante de la nueva evangelización. María, Madre de Misaricordia, Refugio para nosotros pecadores, y Estrella de la nueva evangelización acompañe nuestro camino. Os agradezco de corazón y con gusto os imparto mi Bendición Apostólica.    
[00328-01.01] [Testo originale: Italiano]
Traductor: Iván F. Mejía Alvarez.

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